No pude evitar sentirme avergonzado cuando en aquel restaurante de San Francisco, donde desayuné unos espléndidos huevos benedictinos, salió de la cocina a solicitud mía su creador y me lanzó a botepronto un saludo cordial en lengua maya, que no alcancé a entender y menos fui capaz de responder.

Definitivamente tendré que poner pronto los medios para conseguir ese viejo anhelo que tengo de aprender el idioma de nuestros ancestros y así no sufrir que vuelvan a calificarme, como lo hizo Rogelio, ante la risa de sus paisanos de Oxkutzcab que también laboran ahí, como un “yucateco pirata”.

Se estima que alrededor de 230 millones de personas en el mundo, es decir el 3% de la población, viven fuera de sus países de origen. Por eso el fenómeno de la migración se ha convertido en un asunto que demanda una atención prioritaria por parte de los países que se enfrentan a este problema global en sus fronteras.

La migración humana está integrada por dos procesos fundamentales: la emigración, que se aborda desde el punto de vista del lugar o país de donde sale la población, y la inmigración, cuya atención corresponde al país a donde llegan los migrantes.

Las causas de la migración son numerosas, hay personas que emigran voluntariamente, buscando un mejor nivel de vida a través de una mayor remuneración a cambio de su trabajo, al no encontrar suficientes y atractivas oportunidades en su propio país. Es razonable que además busquen condiciones más justas en cuanto a trato y dignidad en esos empleos. En muchos casos ocurre al margen de la ley, y en otros, desafortunadamente los menos, se siguen correctamente los procedimientos establecidos en los ordenamientos jurídicos. Puede ocurrir un proceso migratorio de manera forzada, impulsado por un cambio súbito en las condiciones de estabilidad social y/o política de un país o región, a causa de una guerra, desastres meteorológicos o medioambientales. En muy pocos casos en los que se llega a considerar conveniente, al menos para el país de destino, hasta se facilita y promueve como sucede con personas destacadas en ciencia y tecnología, lo que da origen al fenómeno llamado “fuga de cerebros”.

Con el tiempo, la migración se convierte en una práctica cotidiana y tradicional de los pueblos y llega a configurar una cultura.

Podríamos llegar a pensar que la decisión de emigrar es fácil cuando se viven condiciones adversas que serían superadas en el lugar de destino, pero yo creo que no es así. No ha de ser nada fácil dejar atrás familia, costumbres, religión y cultura. La realidad es que se emprende una aventura cuyo desenlace es incierto y peligroso. Estoy seguro que para correr ese riesgo, esos alegres yucatecos que conocí en aquella ciudad norteamericana tuvieron que tener muchos de esos que tan sabrosos les salen en benedictinos.