Muchas veces quienes escribimos no tenemos idea de hasta dónde pueden llegar nuestras palabras y hasta dónde pueden ser leídas. En este sentido, tampoco podemos conocer el impacto de ellas. ¿Ha llegado bien nuestro mensaje? ¿La lectura propuesta despierta un deseo en el lector? ¿Hemos tocado fibras sensibles? Lo cierto es que las palabras que luego viven eternas en la tinta de un papel impreso van cargadas de los mejores esfuerzos y con la esperanza más grande.

En el texto que nos toca esta semana, encontraremos un juego de circunstancias que pudiera ir en este y otros sentidos. El autor brasileño Rubem Fonseca trae para nosotros una obra titulada “Corazones solitarios” (1975). Advierto de momento que encontraremos aires de complicidad en los que pareciera que, con cada párrafo que se presenta ante la vista, danzan también una serie de descripciones amigables y amenas que nos llevan de la mano. Estamos frente a la narrativa de alguien que nos cuenta más de una historia englobada en un gran cuento.

Dentro de la historia, un ex policía se encuentra ahora ejerciendo como colaborador de un periódico dentro del apartado Mujer, en él se dedica a mantener correspondencia con los lectores, mismos que el periódico ha catalogado como de cierta clase social y, en específico, cierto tipo de mujeres. Sabemos, querido lector, que la vida citadina se divide en sectores y que lamentablemente somos encapsulados en ellos; “nuestro barrio nos representa”.

La peculiaridad de la correspondencia es enterarnos de que nuestro personaje firma como mujer, llamándose Clarice Simone. Estamos ante chismes, corazones rotos, circunstancias domésticas y uno que otro secreto al aire. La narración, lector, saca sonrisas. Es deliciosa entre ocurrencias y guiños hacia referencias literarias; es virtuosa desde la mente de un ex policía que se nombra mujer para ayudar al otro y aconsejarlo. Grande es la sorpresa cuando descubre que es su jefe quien manda una de las cartas más comprometedoras en las que revela su travestismo. Entre sonrisas y casos que pudieran sernos familiares, agradecemos la escritura magistral de quien seguramente redacta sonriendo.