Hablar de política en México no es fácil. Aquí contamos con buen número de institutos y recursos que deberían hacer más sencillos los mecanismos de la democracia; sin embargo, esto nunca ha sido así.

Las candidaturas independientes, aquello que se presume como la “flamante” innovación del INE, resulta un ejemplo claro de que en nuestro sistema el ciudadano común y corriente, aquel que trabaja en una empresa o fábrica y cobra entre 1 y 3 salarios mínimos, no tiene poder alguno para tomar decisiones sobre cómo debe manejarse el país.

En su portal, el INE define a los candidatos independientes como los “ciudadanos que se postulan a algún cargo de elección popular y que no pertenecen a un partido político, con ello ejercen el derecho a ser votados”. La elección de 2018 será la primera en la que esta figura pueda competir por la Presidencia, lo que ha causado mucha controversia sobre si esto realmente beneficia a los ciudadanos o es otro “banquito” que la burocracia ha colocado al servicio de la clase política.

Así fueron más de 40 quienes hace unas semanas se registraron como aspirantes a candidatos independientes a la Presidencia, y fue en ese momento cuando se pudo observar que quienes realmente resultaron beneficiados con este cambio no fueron los ciudadanos, sino aquellos políticos que al no tener cabida en las boletas de sus partidos optaron por hacer su “berrinche” y renunciar, tomando así la bandera independiente como suya cuando no es así.

¿Acaso piensan Margarita Zavala, El Bronco y Ríos Piter que les vamos a creer su papel de independientes y honorables solamente porque han renunciado a una credencial partidista? Sin el respaldo de los recursos y el poder que obtuvieron como políticos, sus candidaturas estarían reducidas al polvo, como sucede con aquellos que siendo ciudadanos apartidistas intentan cambiar las reglas de juego. La verdad es que, así, los políticos sólo dejan en ridículo a nuestra ya muy ultrajada democracia mexicana.