Era por ahí de 1531, cuando la brutalidad humana alcanza su máxima expresión, cuando la viruela acababa con miles de vidas, una época en la que la depresión azotaba a toda una cultura subyugada por gente que decía traer al Dios verdadero pero que destruía los templos de sus dioses aztecas, mataba y violaba a sus mujeres, mientras ellos descubrían con tristeza que pese a que ya no realizaban sacrificios humanos para que el sol volviera a salir, éste seguía apareciendo y comprendieron que tantas matanzas no habían valido la pena.

Era ese tiempo cuando Fray Juan de Zumárraga, al observar la barbarie, envía una carta al rey de España donde dice que los franciscanos se iban de México, y que si “Dios no provee un remedio de su mano, está el mundo (México) a punto de perderse”. Sin embargo ese era también un año de misterio para los aztecas, pues un cometa pasaba por México y un eclipse de sol avisaba que algo increíble ocurriría y entre la tranquilidad del monte, en un cerrito, se le apareció a un indio una gran señal: “Una mujer vestida del sol, con la luna a sus pies y una corona de 12 estrellas”... (APO12). La cual dejó su imagen para la eternidad y en sus vestiduras un códice lleno de amor que inmediatamente los aztecas entendieron y que nosotros apenas descubrimos. Venía como mensajera de paz, amor y fe para curar la depresión mexicana: “¿No estás bajo mi sombra y mi regazo, en el cruce de mis brazos, en el hueco de mi manto, qué más puedes querer?” y pedía que construyeran una casita para su hijo, el único sacrificio que ha valido la pena y en quien se encuentra la salvación de la Tierra.