Hoy que nos enfrentamos al uso indebido del patrimonio cultural y arqueológico, ¿cuál es nuestro papel como sociedad ante lo que ocurre, con lo que el finado Alejandro Martínez Muriel señalaba como uso y abuso de esos bienes?

La lectura que se hace es que el que tiene un gran padrino en el gobierno o en alguna institución relacionada con la cultura, goza del poder para emprender o patrocinar eventos como los conciertos en las zonas arqueológicas, dando un uso comercial y caprichoso al patrimonio arqueológico. La sociedad sólo está a la expectativa. También es respetable que haya quienes estén de acuerdo con estos actos. Pero nosotros tenemos que exteriorizar como ciudadanos qué es lo que pensamos para poder reorientar estos actos.

Creo que debe haber algo de sensatez ante el concepto de patrimonio, de ser, creerse o sentirse maya. Esto no da derecho a darle uso indebido a espacios que nos legaron nuestros antepasados. Decir que soy maya y llevar con orgullo un apellido maya no me da derecho a darle uso indebido al legado. Si ese fuera el criterio, ¿qué patrimonio le vamos a dejar a las futuras generaciones? Si lo hacemos porque somos compositores, intérpretes o con un nivel académico y nos decimos mayas, ¿qué pasa con el derecho del resto del pueblo maya?

Quisiera entender qué pasa por la cabeza de las autoridades cuando hacen o autorizan conciertos en Chichén Itzá y se usan las zonas arqueológicas como escenario para actos “culturales” como los que ha encabezado Jorge Esma.

Es momento de discutir entre académicos, políticos y la sociedad para construir la suerte o el mejor uso que debe darse al patrimonio sin caer en actos discriminatorios y de usufructo indebido. Ante el nuevo camino que enfrenta el INAH en la Secretaría de Cultura se abre un abanico de interrogantes.

Acciones como la reubicación del archivo de monumentos prehispánicos a un lugar no seguro, el desalojo del Consejo del Arqueología, la autorización de eventos que contravienen la seguridad del patrimonio, la reducción del presupuesto para conservar el legado nacional, el uso de monumentos históricos y arqueológicos para bodas cobradas por la iniciativa privada, el deterioro de Chichén Itzá, etc.

Estos eventos llaman a la reflexión para garantizar la preservación de la riqueza arqueológica. El INAH ha hecho un enorme esfuerzo durante los últimos cien años. Este proceso lo tenemos que resolver con responsabilidad, si queremos seguir cuidando nuestro legado.