El Oriental/Milenio Novedades
MÉRIDA, Yucatán.- La persistencia secular de la fiesta de los toros en la cultura ibérica y en vastos espacios geográficos del Continente Americano no es sino la confirmación de su raigambre en la cultura y la vida de los pueblos que allende y aquende habitan.

Pero es más que sólo eso, es un ritual, una danza en que juegan entre las astas de un bello y arrogante burel la vida y la muerte. Es la agonía sin tiempo que se esfuma en el volandero lance de una capa o en la profundidad estética de una muleta.

Es, como dice el poeta y dramaturgo José Ramón Enríquez, “uno de los dos grandes ritos de la cultura occidental” –el otro es la misa-, donde se consuma un sacrificio cruento, pero con una ritualidad estética no exenta de sacrificio.

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Es la agonía de la creación efímera que nace y muere en el instante mismo de su concepción. Eso es, o eso debería ser. En la liturgia laica del toreo el hombre cumple el trágico y mágico ofertorio en que es víctima y victimario.

En ese encuentro entre la bestia poderosa y el hombre la muerte baila su danza de una belleza que sobrecoge el alma. Es ballet, es lucha, es fuerza y es grácil caracoleo de una esbelta figura sobre el oro de la arena. Así concibo esta fiesta, llena de verdad y ofrenda. Por eso, cuando miro el poderoso encierro de San Miguel de Mimiahuapan para la corrida de hoy domingo en la Plaza Mérida, no puede el corazón menos que saltar emocionado.

Hay toros, sin duda, esperemos que haya toreros dispuestos a cumplir el centenario rito donde en cada lance muere y resucita la vida. Del encierro ya está dicho casi todo y las imágenes hablan por sí solas. Joselito Adame y Sergio Flores tienen la palabra. También Emiliano Gamero.