En estos días que transcurren lentos, he pensado en los instintos que de un instante para otro pudieran significar un cambio de actitud o de acciones. Cierto es que también llevan una violencia sutil de por medio porque sabemos que no siempre podemos controlarlos, simplemente sentimos y actuamos. Es así.

Una vez más, la casualidad llegó a mis ojos cuando días atrás me encontré con un cuento que pareciera reforzar los pensamientos actuales: “La tercera orilla del río”, del autor brasileño João Guimarães Rosa.

Advierto de entrada que por momentos no lograremos encontrar un puente racional que pueda brindar apoyo para comprender realmente qué es lo que ha pasado en la historia. Sin embargo, nuestra parte instintiva podrá estar muy cerca de comprender las acciones si logramos mirar con el alma.

Miramos a una familia conformada por tres hermanos, dos hombres y una mujer. Es en la voz del menor de ellos donde encontramos los hilos del dolor, pero también de la aceptación instintiva. Como si se tratara de algo natural, el narrador nos cuenta cómo un día su padre decidió mandar a hacerse una canoa; los motivos y explicaciones estuvieron ausentes.

El día en el que la canoa estuvo lista, el padre se colocó un sombrero y se dirigió al río con un adiós seco carente de más palabras que pudieran ser como luz para un futuro entendimiento. Entre gritos maternos de reclamo y un hueco en el corazón de los hijos, lo miraron alejarse y detenerse en la otra orilla del río.

La desesperación familiar aumentó, los hijos crecieron y el padre se mantuvo en la otra orilla. No respondía a los gritos ni a los soldados ni al sacerdote, no parecía importarle. Con la vejez del hijo menor llega el entendimiento del sacrificio. Entonces decide ofrecerse para ocupar el lugar del padre, habitar la canoa y ser él quien pase los últimos días en ella. El padre accede, finalmente dirige la canoa hacia él pero de un momento a otro el hijo corre. El remordimiento también es instintivo.