Unos años después, me reencontraría con el café de Tacuba en el cuento “La culpa es de los tlaxcaltecas”, de Elena Garro, cuando la protagonista, en una de sus desventuras, entre el ir y venir del pasado al presente, come una cocada bajo el techo de la casona.

En ese mismo viaje, mientras esperaba entrar a la presentación de la biografía de Gabriel García Márquez, conocí a un señor en la fila. Me había adelantado a formarme mientras mamá comía de lo más tranquila en el hotel. A pesar de que faltaban dos horas ya había personas llegando a Bellas Artes. La sala donde se haría la presentación es amplia, sin embargo, el asiento sólo estaba asegurado según se llegará.

Aquel hombre me contó que su hija estudió literatura en la universidad. “Es algo que venía dado, consecuencia de verme trabajando con libros día y noche”. Él se dedicaba al encuadernado y empastado de libros de educación en una editorial. Fue cuando le exterioricé mi interés de realizar la carrera en esa área de las Humanidades.

Me preguntó si era la primera vez que venía a la capital, le contesté que sí pero que realmente no conocía mucho. Me habló, entonces, de Luís Buñuel. “Si quieres conocer el meollo de lo que se dice sobre esta ciudad debes ver Los olvidados”.

Apenas regresé a mi casa, aproveché una salida familiar al súper para buscar el filme recomendado. Fui a la sección de películas y música, ahí estaba entre los DVD del cine de oro mexicano. Lo que vi después fue la apreciación de México con sus claroscuros. Buñuel, a diferencia de otros directores que trabajaban en el país en esos años, había representado las contradicciones de la modernidad e industrialización en la Ciudad de México.

Caras, palabras, pasos, libros, películas, historias. Ahora, a la distancia, todas son memoria de un viaje, del intento triunfante y fallido de conocer a Gabriel García Márquez.