Según Noemí Cruz Cortés, el cosmos del hombre maya prehispánico estaba regido por deidades que sustentaban el universo a través del movimiento alternativo de la vida y la muerte. Cada ser sagrado se ocupaba de una o varias tareas.

A la diosa Ixchel se le vinculó en forma directa con la Luna y fue representada cincuenta y dos veces en el Códice Dresde en donde aparece como una deidad joven, sentada, de vez en cuando de pie, con los ojos rasgados o semicirculares, el torso siempre descubierto y su cabellera negra. Su figura también está en otras fuentes.

Ella asoma junto a otras deidades, especialmente con el Dios del Sol y el de la Lluvia, ambos ligados con la fertilidad. La autora considera que, por su esencia juvenil, esta diosa fue relacionada con las fases crecientes de la luna.

En el simbolismo maya, y en muchas otras culturas, la Luna representa el eterno retorno, pues siempre vuelve a aparecer en el cielo y, según expertos en la materia, es el astro que regula los ritmos de la vida como el de la fecundidad, el ciclo menstrual, el embarazo, el nacimiento y la muerte.

Como pueblo culto, los mayas prehispánicos realizaron algunos ritos de adoración a la Luna, efectuados fundamentalmente por mujeres, en los que se destacaba el valor de la fertilidad. Uno de esos rituales fue el baile del Naual (sic) que, según Fray Diego de Landa, no era una danza decente.

De acuerdo con el Diccionario Maya Cordemex, el baile del Naual era realizado fundamentalmente por mujeres, pero también participaban algunos hombres ebrios. En esta celebración, el elemento sexual era muy importante y destacaba la exposición de los genitales de los participantes. Esto causó que fuera prohibido por los frailes españoles.

Ixchel, como luna joven, era el centro de otros rituales, como el llamado Kay Nicté, en donde participaban mujeres jóvenes, quienes, desnudas y guiadas por una anciana, danzaban en las orillas de un cenote pidiendo a los dioses un marido o un embarazo.

Ixchel fue considerada diosa madre, pues fue la patrona del acto importantísimo del nacimiento y protectora de las mujeres embarazadas. Se cree que por estas razones el culto a Ixchel se expandió en todos los hogares mayas, desde los palacios hasta las chozas de los campesinos.