Esta semana fui víctima de la varicela, la cual, además de comezón, me trajo un fuerte dolor de oído y, aun a sabiendas de que no es de fácil contagio, me mantengo a distancia de otras personas; decidí visitar a una doctora de una farmacia ubicada en la Avenida Alemán, pues, aunque haya estudiado medicina, no me puedo autoexplorar el oído.

Se trata de una mujer con aparentes 45 años, a la cual le comenté lo que tenía, se acercó, observó una de las vesículas y después de decir que era correcto el diagnóstico (nunca le dije mi carrera) en tono elevado, casi gritando, me sacó del consultorio: “¿Sabes qué? Salte de aquí que no me ha dado”. Salí entonces del cubículo, pero ella me siguió y de nuevo con su voz chillona y elevada prosiguió: “Pero salte también de la sala de espera, ¿no ves que hay niños y los puedes contagiar?”. Luego le pidió a mi novia que se quedara y le contara lo que me pasaba, sin embargo nos retiramos de ahí ya que la pseudodoctora, pues no sé de qué otra forma llamarle, no tiene ética.

Honestamente me arrepentí de no haberle dicho qué carrera he estudiado y cómo me había contagiado al atender a varios pacientes con esa enfermedad, después de tantas clases de ética lo menos que haría en mis consultas es sacar a un paciente que acuda buscando apoyo y con una enfermedad que no me ha dado. No me imagino sacando a alguien por tener VIH, influenza u otra infección. ¿Será que esta doctora sí lo haría?

La ética es una magia que el médico debe fomentar, sin ella la medicina está perdida, por eso no les digo el nombre de la pseudodoctora, pero hablaremos de esta ética en el show de la próxima semana.