¿Cuántos de ustedes han escuchado la frase “no juzgues un libro por su portada”? que igualmente se puede aplicar a las personas; lo cierto es que la frase tiene una pequeña imprecisión: la portada de un libro realmente es la página tres o cinco, contiene el autor, título del libro y editorial y corresponde a la parte interior; la parte exterior es la cubierta, la que hoy nos deslumbra en los aparadores o en las mesas de exhibición de las librerías. Sin embargo, esta pequeña imprecisión pasa desapercibida y no tiene mayor relevancia, salvo para editores e impresores.

La cubierta es ahora la piel del libro, dice Santiago de Posteguillo, pues recordemos que las tapas aparecen en el siglo V con una sola función: proteger las páginas. Es hasta la Edad Media y el Renacimiento cuando la encuadernación cobra auge y el libro se convierte en un objeto de lujo y adorno para las bibliotecas privadas que ofrecen una espectacular vista; sin embargo, el contenido seguía prevaleciendo frente a cubiertas homogéneas que incluían solo los datos indispensables. Es en el siglo XIX cuando se comienza a dar más importancia al diseño de la cubierta, lo cual influirá en el cambio radical que en el siglo XX, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, adquiere la promoción del libro aunada al marketing y su comercialización.

Los libros han entrado a formar parte de los mass media, no por nada Fernando Escalante Gonzalbo afirma que “el lector no ha muerto, está enfermo de marketing”, haciendo alusión a los muchos autores que tienen poca calidad literaria pero mucha promoción y publicidad detrás. En este sentido, caben también todas las reediciones y libros que se venden más por el diseño de sus cubiertas que por su contenido, aunque agradezco también que gracias a los nuevos diseños muchos niños y jóvenes se acercan a obras clásicas que antes sólo leíamos generaciones como la mía, en la inolvidable colección de Porrúa “Sepan cuántos…”, iniciada en 1959 y bautizada así por Alfonso Reyes y que llegó a publicar más de 700 títulos. Inolvidable para quien leyó por primera vez alguno de ellos en su edición de doble columna y cubierta sobria que sólo diferenciaba por colores la categoría, y lo más importante, a un precio accesible.  En ese entonces, aunque suene muy lejano y no lo es, la piel del libro no era lo que nos cautivaba, era de hecho irrelevante, nos seducían las palabras como hoy irremediablemente lo hacen las bellas cubiertas que nos advierten, como en las personas, que nunca hay que juzgar sin antes leer o conocer su contenido.