El magnate norteamericano ha cumplido su primer año de administración y aunque resulta confortante constatar que hemos sobrevivido, su discurso en el Congreso norteamericano no nos ha proveído de razones para ser optimistas; todo lo contrario, pues sólo ha servido para constatar que el ejercicio del poder lo ha conducido a su radicalización.

Aunque en términos económicos, salvo por los altibajos provocados por la especulación con el tipo de cambio, a nuestro país no le ha ido tan mal, pues nuestras exportaciones a Estados Unidos se han incrementado, lo mismo que las remesas de los trabajadores, si bien tal parece que lo hicieron en previsión de que pudiera cumplir sus amenazas de liquidar al TLC y de gravar su envío.

No obstante, en mi opinión, su política económica no ha golpeado tanto a la población mexicana como su carga discriminatoria e intolerante, que ha elevado a programa del gobierno el supremacismo blanco prevaleciente entre la parte menos educada de la población norteamericana y que constituye se base electoral.

Nuestra economía, forjada en los años de vigencia del TLC y consolidada por las reformas estructurales, básicamente la energética, nos provee de la capacidad necesaria para sortear favorablemente los embates de la política de corte proteccionista de Trump, así como de su reforma hacendaria, a favor de las grandes corporaciones, que si bien le pueden generar efectos positivos de inmediato, a mediano plazo puede tener efectos desastrosos.

Para contrarrestar la baja de ingresos del gobierno norteamericano, provocada por la reducción de impuestos, la administración republicana echará mano de un incremento desmesurado del déficit presupuestal, que seguramente rebasará el récord histórico establecido por George Bush Jr. y que tan negativas repercusiones causó en la economía mundial en esa época.

Sin embargo, se pudo detectar que la preocupación principal del mandatario está relacionada más con su reelección que con la economía. De ahí su insistencia machacona en halagar a su base electoral, al punto de intentar minimizar la situación de vulnerabilidad de los sujetos de los programas sociales como el DACA, identificando como soñadores a todos los norteamericanos, con lo que, la conclusión es obvia, no tienen derecho a recibir un trato diferenciado.

El anticlimax tomó grados de excelsitud cuando reafirmó su política internacional, al enorgullecerse de pretender trasladar a Jerusalén su embajada en Israel. Su peor torpeza.

Lo emblemático del acto, no obstante, se dio cuando presentó como ejemplar a un agente de la migra, de raíces latinas, que tuvo el mérito de haberle contestado: somos (y podemos ser) más duros.
Nos esperan tiempos más difíciles.