Me gusta pensar que los niños llegan a la vida para unir a las familias. Muchas veces los defectos familiares y los distanciamientos que hay en todas las familias hacen que la distancia gane. Pero de pronto nace un niño, un bebé que comparte un hilito de sangre con uno y pensar en conocerlo, abrazarlo y encontrar en su rostro rasgos familiares francamente es una fiesta: “Mira, tiene los ojos de la abuela Esperanza, y la boca de papá”. El bebé no imagina todo lo que crece alrededor suyo, el bebé es sólo una semilla que hará crecer un jardín completo.

Mi decisión de no tener hijos se ha vuelto más contundente, así como el amor a algunos de mis sobrinos. A esos que tengo más cerca y he visto pasar de un “pedacito de carne” a un ser independiente con sus propias preguntas y afirmaciones. He visto cómo les crece el cabello y les aparecen los dientes, cómo bailan y se sorprenden, cómo aprenden a andar en bicicleta o extreman sus berrinches. A los sobrinos que están lejos los recuerdo a veces con una melancolía triste pero consciente de que cada uno elige su vida. Una de mis sobrinas adoptó a una niña. La pequeña tiene un rostro serio, pero le gusta bailar y siempre extiende los brazos para ser abrazada. Hace poco me mandaron una foto de ella, bañándose en una tina de metal junto a sus primos. Esa tina la usé para una obra de teatro, en otro momento hubiera puesto el grito en el cielo, pero ver esas cuatro sonrisas, las manitas chapoteando en el agua, me hicieron sonreír. Cuando salgo de viaje, siempre hago la broma: “Cuando regrese los niños ya tendrán bigote”. Evidentemente no es así, pero siempre hay algo nuevo que me hace saber que han crecido mucho desde que me fui.

Varios de mis sobrinos viven ahora en mi casa, eso me hace sentir que mi casa se ha convertido en un jardín y sus flores son las risas y las ocurrencias de los pequeños. Mi mamá es tan feliz cuando todos están juntos, ama con el mismo amor a la pequeña que llegó a la familia por adopción. No busca en ella parecidos a nadie de la familia, ella es parte de nosotros porque así lo dispuso la vida. Ella se llama Esperanza, como mi abuela, como mi sobrina más amada y como se llamaba mi difunta hermana. Esperanza, Esperancita, bienvenida a esta familia disfuncional, tan rota como un rompecabezas; quizá tú, como todos los niños de esta familia, llegaste aquí para unirnos un poco.