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MÉRIDA, Yuc.- En el primer día del año, solemos intercambiar buenos deseos de paz y felicidad y celebrar la “47a Jornada Mundial de la Paz”. La paz es siempre “don de Dios”, pero también compromiso de la persona.

El Papa Francisco eligió la fraternidad para su primer mensaje, el lema de este año será: "La fraternidad, fundamento y camino para la paz".

Nos dice el Papa en su mensaje que: "La fraternidad es una dote que todo hombre y mujer lleva consigo en cuanto ser humano, hijo de un mismo Padre.

"Frente a los múltiples dramas que afectan a la familia de los pueblos -pobreza, hambre, subdesarrollo, conflictos bélicos, migraciones, contaminación, desigualdad, injusticia, crimen organizado, fundamentalismos- la fraternidad es fundamento y camino para la paz".

Los cristianos creemos que en la Iglesia somos miembros los unos de los otros, que todos nos necesitamos unos a otros, porque a cada uno de nosotros se nos ha dado una gracia según la medida del don de Cristo, para la utilidad común (cf. Ef 4,7.25; 1 Co 12,7).

Cristo ha venido al mundo para traernos la gracia divina, es decir, la posibilidad de participar en su vida y de su paz.

La Liturgia nos conduce a honrar a María exaltando su figura y misión, en cuanto Madre del Salvador y nueva Eva.

Está Ella presente en las tres lecturas como la “bendita entre las mujeres”, con especial atención a su maternidad presente como nueva “arca de la Alianza”, en la cual el Príncipe de la paz ha tomado su lugar, y se ha hecho presente entre nosotros.

I.- Dios quiere la paz para su pueblo

Nos hemos acostumbrado a vivir con muchas tensiones y ver con frecuencia el triunfo de la violencia, y por ello en forma insensible hemos asimilado una “cultura de la violencia”.

La celebración de hoy es una ocasión de gracia. Nos reunimos aquí para acoger con fe la Palabra de Dios, darle hospitalidad y oportunidad a que invada nuestro corazón y nos haga ser constructores de nuevas relaciones con una nueva cultura y espiritualidad de la paz.

Palabra muy usada es “la paz”, deseada y anhelada por la mayoría, también pisoteada por algunos. Así fue anunciada a los pastores, el Mesías es llamado “Príncipe de la Paz” es una bienaventuranza (Mt 5,9) y se nos invita a ser forjadores de la paz, pero con la paz de Cristo: “Les doy mi paz, pero no como la da el mundo, yo se la doy a ustedes” (Jn 14,27).

A veces las traducciones han equiparado shalom = Paz, pero el término hebreo es mucho más rico porque dice: armonía, equilibrio, de estar integralmente bien. Un equilibrio dentro de sí y una armonía con los demás incluidos la naturaleza y el cosmos.

Es obvio que es un camino esforzado, sacrificado y de abnegación, porque el ser humano siempre está buscando prevalecer, ser el primero y relegar a los demás.

Se necesita una experiencia de humildad, oración y madurez en la fe, para aceptar y llevar a la práctica lo que Cristo nos pide que cada persona con la que me relaciono sea un hermano.

La “paz” en la Biblia es un Don de Dios, porque todos sabemos el reto que supone sobreponerse al horizonte del egoísmo, para perdonar, amar, reconciliarse, y que sólo con la gracia de Dios se puede intentarlo, y volverlo a intentar una y mil veces.

II.- Serán bendecidos los que trabajan a favor de la paz

Conocemos innumerables declaraciones de paz, y sabemos por otra parte de tantos conflictos y guerras en diversos lugares.

En nuestro mundo los hombres se combaten, se matan, construyen armas, hay un mercado de centenares de millones de dólares anuales, y se ha llegado al absurdo de fanáticos mentalizados que juzgan como un honor inmolarse, y matan a decenas de civiles inocentes.

El poder, la prepotencia, los intereses, el dominio, el dinero, son frutos todos de la soberbia y el orgullo, manifestaciones de la influencia del maligno en el corazón de las personas.

Cuántas veces oímos declaraciones a favor de la paz por parte de los que gobiernan los países que más obtienen ganancias con la fabricación de armamentos ó como también se le llama “industria de la guerra”.

¿Quienes son los que desean la paz?

Los ángeles son enviados a anunciar el nacimiento del Salador y “Príncipe de la paz”, a los sencillos y humildes de corazón, no de condición; puesto que lo mismo se les anunció a los pastores, que a los reyes magos.

La paz no es equilibrio de fuerza, respeto por el miedo a que me puedes vencer, o adecuación de potencial destructivo aproximadamente igual.

La paz de Cristo surge de una gracia que se vuelve convicción pensando que cada familia, es como mi familia, cada persona es como mi hermano, y cada muerto o condenado a muerte lo sufro y lo lloro.

Para ser trabajadores de la paz, se necesitan personas libres que sientan como propias cada familia, cada hogar, y como hermano a cada persona; y que no sientan estar sujetos a ninguna Ley sino a la que transciende a todos que la del amor.

Hay que educar el corazón para ver en los demás no a enemigos que hay que destruir y matar, sino personas humanas que son como hermano a los que debo respetar y ayudar. Siempre es una realidad: ¡Te ama el que te promueve!

¿Con quiénes tenemos que construir la paz?

Debemos iniciarlo con nosotros mismos. Aceptarnos, amarnos, y promovernos, pero jamás pasando por encima de los derechos de los demás. Muchas veces nos buscamos compensar o desquitar, porque no nos aceptamos y no nos reconciliamos con nuestro pasado, y por ello vivimos con miedos de cara a nuestro futuro.

La búsqueda de la paz se vuelve creíble cuando estamos en paz con nosotros mismos, y la irradiamos en nuestro hogar y familia; con los que colaboran, con los que debemos tratar con frecuencia, en nuestras conversaciones y opiniones.

Se vuelve creíble cuando tenemos capacidad de perdón, acogida, hospitalidad, excusa, solidariedad, particularmente cuando servimos a los más necesitados, pobres y olvidados.

Entonces sí seremos constructores de paz, que supera egoísmos, que triunfa sobre las injusticias, que promueve el compromiso solidario, que es capaz de superar todo lo que opone, divide, segrega, separa.

III.- Cristo es nuestra paz

Herodes quería una paz para su ventaja y conveniencia, y derrama sangre inocente. Cristo anuncia una paz que paga al precio de su propia sangre inocente.

Ofreciendo su vida en la cruz ha destruido al odio, ha cancelado la distancia y división. Para demostrarnos que la paz y la concordia se obtienen con el amor, que vence al odio y la guerra.

La paz no se impone desde afuera como se ilusionaba el imperio con la “paz romana”. La paz es fruto de un corazón que participa a la Resurrección de Cristo y que está dispuesto a pagar el precio de que el verdadero amor es el que se sacrifica por el otro.

La paz no es fruto de “arreglos, componendas”, “poses” superficiales o convencieras. Sino que es el humilde encuentro con el otro, el delicado y difícil diálogo que es capaz de enfrentar el pluralismo y la diversidad. Para obtener una paz de esfuerzo, sacrificio y compromiso madurada en el amor.

La paz nace del perdón, el que pedimos y otorgamos; el que nos concede Dios en su infinita misericordia, al darnos la vida y al ofrecernos la reconciliación en su Cruz.

La paz total es un don de Dios, es victoria de Cristo, que nada desprecia ni substituye, sino que recoge toda la cosecha de las semillas de humildad, paciencia, encuentro, diálogo, distensión, respeto, que se han sembrado por el amor a Cristo, en el horizonte de la esperanza que no falla. Por ello el Santo Padre ha titulado esta jornada “En la verdad, la Paz”. Jesús es la verdad que nos da la paz.

IV.- Conclusiones

La paz no es el resultado del esfuerzo humano, aunque lo supone, sino fundamentalmente es una gracia que el Señor, príncipe de la paz, concede a los que tienen la disposición de acogerla.

La paz no es la ausencia de la guerra, ni la paz de los cementerios es sobre todo poner en acción la gracia que se ha recibido humildemente en el corazón.

La paz supone un esfuerzo constante de correspondencia al don inmerecidamente recibido con la firme convicción de que un día reinará aunque nuestras acciones resulten muchas veces fallidas o poco reconocidas por los demás.

Los que son constructores de la paz desde distintos frentes suelen reconocer el valor de la lucha de los otros por la paz y apoyarse en la esperanza de que el bien un día superará al mal de este mundo.

Digamos, en este Nuevo Año que el Señor nos regala  la Oración muchas veces repetida  e implorada de San Francisco de Asís “Hazme, Señor, instrumentos de tu paz”.

Mérida, Yucatán, 1 de enero de 2014

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán