Cuando egresé de la universidad lo siguiente fue preguntarme: ¿Qué hago ahora? Esa sencilla pregunta, que uno debe plantearse al menos dos veces en la vida, se multiplicó en varias más que me hicieron sentir ansiosa en el aspecto laboral. Era inevitable no asociar lo profesional con mis posibles estilos de vida. ¿Esto es lo que me gusta? ¿No me estaré equivocando? ¿Qué debería hacer primero? ¿Debo continuar trabajando o regresar a la universidad? Preguntas similares que muy pronto descubrí no era la única en hacérmelas. Así con toda seguridad puedo afirmar que la ansiedad es “EL” síntoma de mi generación.

No es casual que tengamos ansiedades compartidas. A los más grandes se les hizo fácil imponernos el título de “millennials”, cuyo imaginario es de lo más despectivo en la sociedad. Dicen que nosotros -los que no pedimos nacer a finales del siglo XX, cuando en México ya estaba bien entrado el neoliberalismo- nos pasamos de listos pidiendo mejores salarios y condiciones laborales. La generación mejor preparada, leo siempre. ¿Pero dónde estamos realmente parados? ¿Por qué el sentimiento generalizado de fracaso? ¿Qué da origen a estas ansiedades?

Unos días atrás estuvo circulando en redes sociales una imagen de la caricatura “Rugrats”, en ella se insinuaba que uno podía llegar a sentirse como un adulto de mentiras. Trabajas como adulto, hablas como adulto y debes pensar como adulto. Quizá me hago muchas preguntas pero no está de más: ¿Qué es un adulto? Tener un plan de vida, tiempos bien demarcados para lograr objetivos y una vez realizadas las tareas llegar al éxito que se traduce en bienes materiales. Esos bienes tendrían que significar estabilidad.

Entonces, pareciera que más que hablar de adultez, describimos el pensamiento empresarial. Nos enferman de neoliberalismo. Es bueno idear un plan, pero tal vez no somos conscientes de la impermanencia que hay en la vida. Esto origina frustración al no cubrir (¿nuestras?) expectativas en un campo de lo más competitivo.

El problema no son las cadenas físicas sino las cadenas mentales, escribió Erich Fromm en “Del tener al ser”. Es por esto que cierro con una cita de Byung-Chul Han sobre cómo opera la “psicopolítica” en nuestra mente:

“Hoy creemos que no somos un sujeto sometido, sino un proyecto libre que constantemente se replantea y se reinventa. (…) Pues bien, el propio proyecto se muestra como una figura de coacción, incluso como una forma eficiente de subjetivación y de sometimiento”.