José de San Martín aseguró que “la soberbia es una discapacidad que suele afectar a los pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. Es por demás evidente que San Martín retrata visceralmente pero con claridad los problemas de la soberbia y el poder, evidencia un problema que existe en nuestras sociedades y que carcome las relaciones entre los seres humanos, especialmente cuando una persona o grupo tiene poder sobre cualquier ser humano o la sociedad en su conjunto.

Aunque a través de los siglos se han aventurado muy diversas explicaciones acerca de qué es el poder, creo que podemos con sencillez mencionar que es la capacidad de un ser humano para lograr que otro actúe o piense de acuerdo con la visión del mundo que tiene aquél.

Hay sin embargo diferencias muy importantes en cómo se ejerce el poder: existe el poder del líder que tiene una visión del mundo y posee la habilidad de transmitirla con éxito a los demás, haciendo suya la manera de ver la realidad que les presenta, en este caso el poder se lo conceden sus propios seguidores; situación diametralmente opuesta es la del que ejerce el poder sin convencimiento de las personas que se encuentran bajo su influjo, en este último caso las visiones de quien ejerce el poder y quienes son sujetos de él pueden ser muy distintas y el poder es ejercido por medio de la coerción o la fuerza.

No todos los líderes son realmente positivos para los seres humanos; si bien en la historia encontramos dirigentes que potencian el desarrollo humano, como Jesucristo o Gandhi, no menos cierto es que también han existido líderes como Atila o Hitler que han hecho descender a la humanidad a las cavernas y convencieron a miles de que brutalidad, violencia y exterminio eran el camino a seguir.

Es interesante tratar de entender qué es lo que hace que existan personas que ejerzan el poder por medio de la coerción y la fuerza, encontrándose ante la posibilidad de mandar en un país, empresa, escuela u hospital; muchos de ellos han sufrido el abuso del poder en algunas etapas de su vida y liberándose del yugo logran arrebatar el látigo de quien les azotaba para usarlo contra quienes queden bajo su mando. Pareciera existir una venganza contra la vida y contra el género humano por todo aquello que han tenido que padecer a lo largo de su vida; la salvaje ley del más fuerte marca sus existencias.

Oculta en lo más recóndito de estas personas se encuentra una razón mucho más poderosa para ejercer el poder como lo hacen: una baja autoestima, una grave falta de aceptación de lo que son y lo que valen, que los impulsa a demostrar que son importantes y que valen mucho a través del ejercicio descarnado y sin consideraciones del poder. La embriagante sensación de hacer lo que uno quiera sin que nadie se te pueda oponer es la triste muleta con la que renguean arrastrándose por esta vida para tratar de demostrarse a sí mismos que son valiosos.

Discapacitados los llama San Martín y tiene razón: seres humanos discapacitados para sentir otro dolor que no sea el suyo, incapaces de entender las ansias, sueños o sufrimientos ajenos; muchos de ellos son eslabones de una cadena de injusticias y del abuso de un poder que gran número de veces tiene su raíz en la familia, cuando desde el hogar se generan dolor, desconfianza y rechazo hacia una persona que al tener acceso al poder lo ejercerá con brutalidad; envenenado el corazón, sus carencias y miserias hablarán a través del ejercicio inhumano del mando.

La máscara del poder esconde siempre a un pobre necesitado de amor propio, un devaluado ser humano que, a través de su autoglorificación, busca convencerse a sí mismo de que es un ser humano valioso y bien desarrollado; en el ejercicio de este poder absoluto encuentran su condena. Ya decía lord Acton:
“El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. En esta batalla por afirmar su valía acaban perdiendo lo poco de seres humanos que les queda; dignos de conmiseración y piedad, envenenados por el poder, arrastrarán su vida por este mundo intentando encontrar su negada autoestima hasta el final de sus días.

Quien se ama, ama a los demás y es amado no necesita del poder, generalmente lo tendrá pero no le es necesario, porque es en el ejercicio del amor donde encontrará su propia valía, generando una vida plena para sí mismo y para quienes le rodean, alejado de las tentaciones y sufrimientos del poder.