A menudo pensamos en el viaje como un mero concepto de desplazamiento geográfico, es decir, un traslado corporal hacia un sitio fuera del habitual. En otras acepciones, el viaje puede significar una experiencia mental o espiritual de índole subjetiva y trascendental. Pero, ¿qué hay acerca de los viajes en el tiempo? ¿Son posibles o todo es un asunto puramente fantástico?

Desde la publicación de “La máquina del tiempo”, novela de ciencia ficción de H.G. Wells que vio la luz en 1895, la posibilidad de movernos hacia el pasado o el futuro ha fascinado a la imaginación del ser humano. Y aunque en teoría esto aún no es técnicamente posible, lo cierto es que existe un método bastante eficaz y sencillo para viajar en el tiempo, tal vez no hacia adelante (por ahora), sino hacia el pasado.

Y es que el viajero experimentado en estos menesteres es aquel que se ha tomado la molestia de informarse sobre el suelo que está pisando. Esto es, que el viaje hacia el pasado efectivamente es moverse a través del tiempo, apuntando el timón para poner rumbo hacia la Historia (así, con mayúscula).

Después de todo, ¿qué es la historia sino una nave capaz de transportarnos mentalmente hacia atrás de nuestro propio tiempo? En ese sentido, el que se documenta con respecto al lugar a visitar no es otra cosa que un psiconauta que ya ha comenzado una travesía incluso antes de pisar los caminos que ya han iluminado su psique por anticipado. Imagine usted, caro lector, la posibilidad de ser consciente sobre los sitios fundamentales a donde nuestros pasos nos han llevado. La perspectiva de saber que caminamos hoy por palacios que fueron construidos con dolor, sangre y violencia. Que cada piedra, cada ladrillo, encierra y esconde graves sacrificios hechos antes de nuestra época.

La sensación de andar por ciudades milenarias preservadas por un capricho de la naturaleza, o en ruinas que permiten adivinar la majestuosidad que alguna vez tuvieron, es simplemente un sentimiento capaz de producir el arrobamiento estético necesario para conmoverse hasta las lágrimas ante una visión que, solemos creer, ya se ha visto hasta la saciedad.

Es ahí donde la sorpresa toma por asalto a la expectativa, dándole un par de cachetadas a las elucubraciones y a toda noción previa que tuviéramos, para dejar paso a edificios míticos salpicados de crónicas legendarias que nos llevan a cientos o miles de años en el pasado, logrando el ansiado viaje en el tiempo sin necesidad de máquinas o artilugios cuánticos. Entonces, ¿cuál será su próximo destino?