El Oriental/Milenio Novedades
MÉRIDA, Yuc.- Hay toreros que con un lance, un pase, un desplante, un gesto y hasta con un detalle inesperado hacen brotar la magia en el ruedo. Están tocados por la mano de Dios. La historia conoce a varios: Lorenzo Garza, a quien decían y no sin razón, el “Ave de las tempestades”; El “Pana”, mítico poeta del ruedo y del burdel; más cerca El “Juli”, Morante, Padilla y no muchos más.

De esa clase es Sebastián Castella cuyo palmarés da para que muchos lo consideren el torero francés más importante de la historia –es el primero en haber abierto la puerta grande de Las Ventas en San Isidro y el único galo que ha liderado el escalafón taurino, lo que ocurrió en 2016-. Es el único de esa nacionalidad que ha estado cuatro tardes seguidas en Sevilla.

Este domingo, en la Plaza Mérida, Castella dio muestras de por qué su forma de interpretar el toreo lo ha llevado a ser primera figura en España y uno de los más esperados en México. El diestro francés alternó con Fermín Spíndola y Luis David Adame, en una tarde agradable con buen clima, soleado y fresco.

Ante poco más de tres cuartos de entrada, el francés, el capitalino y el aguascalentense lidiaron un encierro de Villa Carmela –dehesa con la que Adame indultó el primer toro en su aún corta carrera: “Maestro”, apenas en noviembre pasado-, bien presentado, excepto quizá el segundo, “Mayorazgo”, el más chico del encierro, aunque, según el cartel, pesó 510 kilos.

Sobresalieron el primero, “Soñador”, un castaño salinero de imponente presencia y 530 kilos, que salió con ganas de comerse al mundo y que fue desperdiciado por Spíndola; y el sexto, “Coronado”, de 490, que peleó fuerte con el montado quien aguantó el empujón del burel y fue despedido entre aplausos por la concurrencia.

Adame, en su primero, “Flamenco”, de 530 kilos, pidió dos puyazos y propició un quite de Spíndola, quien lanceó de forma breve al astado. Hacía muchos años, al menos hasta donde recordamos, que no se veía un quite en la Mérida.

“Flamenco” merecía mejor suerte pero Adame no pareció dispuesto y abrevió. Cuando el burel aún no caía, tras un pinchazo hondo, se fue la luz en la plaza. El apagón duró cerca de media hora.

El ruedo lucía completamente  a oscuras 

Castella fue el triunfador –y no sólo porque cortó una oreja a su primero, el pequeño “Mayorazgo”- al ejecutar lucida tanda de recibo y realizar variada y enterada faena con la muleta, coronada por una estocada. Dos detalles nada más, indignos de un diestro de la categoría del francés: pidió música y se mostró a disgusto con el apéndice concedido.

Sin embargo, el hijo de padre polaco y madre española, dejó ver su clase tanto con la capa como con la muleta y cosechó fuertes palmas, tras un desplante que consistió en arrojar la muleta a la arena luego de una serie con la izquierda. Lo dicho. Hay toreros con magia.