He pasado 6 años en una carrera bella y dolorosa, con noches en vela intentando entender libros y artículos científicos. Presentamos exámenes, algunos los tronamos y otros los pasamos pero perdiendo amigos que se cansaron de invitarnos a salir.

Empezó el internado, esclavitud moderna, donde estás bajo todos, incluyendo la basura. El sistema de salud te utiliza como mano de obra barata diciendo que es por tu bien, te pone en guardia 36 horas sin dormir, sin sentarte e incluso a veces sin comer. Ahí es donde lloras por primera vez, te enfrentas a la muerte, gran enemiga que te hace cuestionar si hubieras podido hacer algo más por el paciente. Al final la aceptas. Te alejas de tu familia, pierdes tus relaciones amorosas, entras a una vida de incertidumbre y sufres al no ver mejorar a un paciente pero también te alegras al ver a otros sentirse mejor. Te sientes vivo y lleno de energías cuando te agradecen, cuando te abrazan, cuando te motivan a seguir adelante, cuando sientes que confían en ti.

Viene el servicio social, el año de pagar tu supuesta deuda al Estado por permitirte estudiar. Te mandan lejos de casa con beca de 2000 a la quincena trabajando 120 horas seguidas. Apenas da para el transporte, pero en el pueblo conoces la humildad, el amor de la gente e igual la ignorancia que cree que el médico es millonario y que nunca comete errores, aunque sí, erramos a diario como tú. “No estudié para matar, estudié para curar”. El médico siente el dolor ajeno, lucha por vencerlo y es esa sensibilidad la que nos da la fuerza de perder el miedo y vencer los ascos.

El doctor es un mago que hace aparecer del dolor la felicidad de saber que lucha por el bienestar del paciente para que este disfrute del tesoro más preciado: la vida.