Por Fernando Lombardo
Columnista Huésped

Stephen Hawking pasó de ser un científico brillante por sus trabajos y sus investigaciones a transformarse en un hombre célebre. Más cercano a una estrella de rock que a un físico. Fue alguien que por su grave enfermedad salió de lo natural para ser alguien extraordinario, un divulgador fantástico a quien las personas le pedían fotos en donde lo veían.

Si yo paro a tres personas en la calle y les pregunto que me digan al menos a dos ganadores de Premio Nóbel de Física, casi seguro que no me dirían ninguno, en cambio Hawking -que no obtuvo ese galardón- traspasó las fronteras. Pero no hay que quedarse sólo con su figura, porque su legado científico es más importante que la celebridad que generó.

Hawking se metió en un tema que todavía hoy no tiene solución. Intentó unir dos grandes teorías que existen desde hace ya muchísimos años: la de relatividad y la de mecánica cuántica. La primera habla sobre el universo en general mientras que la segunda explica cómo se origina lo mínimo. Por eso siempre se dijo que para estudiar los primeros instantes y cómo se originó el universo había que encontrar una teoría que una a las dos. Eso hizo Stephen con su “teoría del todo”.

Al principio se decía que si la Tierra pudiera ser comprimida en una esfera de 9 milímetros de radio se convertiría en un agujero negro, un objeto de densidad infinita que provoca un campo gravitatorio tan poderoso que nada, ni siquiera la luz, puede escapar de él.

Pero Hawking dijo que esos agujeros negros no eran en realidad tan negros ya que, si se tienen en cuenta los efectos de la física cuántica, emiten una radiación por la cual comienzan a evaporarse hasta desaparecer. Esa radiación contiene la información que antes se había “tragado”, por lo que, si se logra llegar a ese instante, se podría saber el origen de todo. Esa radiación lleva su nombre y se la llamó “radiación de Hawking”. Para graficarlo, sería como el humo, que encierra el contenido de un papel que se quemó.

Aquello fue el legado más grande que le dejó a una generación de científicos y físicos que decidieron ser como él. Miles de chicos en el mundo se interesaron por el universo a través de lo que Hawking contaba y divulgaba. Es una de las mentes más brillantes de la historia.