16 de Diciembre de 2017

Yucatán

Una más de las anécdotas de cantinas en Mérida

Sergio Grosjean dan una probadita de lo que será su nuevo libro sobre los bares tradicionales en la capital yucateca.

Este tipo de puertas son características en las cantinas tradicionales de Mérida. (Sergio Grosjean/SIPSE)
Este tipo de puertas son características en las cantinas tradicionales de Mérida. (Sergio Grosjean/SIPSE)
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Sergio Grosjean/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Las cantinas, son espacios que invariablemente han sido fermentadores, pues al calor de las copas trascienden experiencias que no son comunes advertir en otros ambientes, y estos abrevaderos los consolidan las personas que allá asisten, pues ellas propician que adquiera su propia personalidad.

Por ejemplo, existen las cantinas bohemias, donde el culto a la música es su esencia; en otras, la buena conversación es su mayor atributo, y en otras, los improperios son la sazón vital. 

En nuestro próximo libro de “anécdotas de las cantinas de Mérida”, que debe circular este diciembre, hablaremos de otras hazañas, y para muestra basta un botón.

El príncipe valiente

"El Chino" Escalante, propietario y cantinero de La Negrita, era famoso porque a la menor insinuación le recordaba a su madre al primero que se postrara al frente, y obviamente ese era el recibimiento que le daba a cada uno de sus conocidos. Esa extraña forma de proceder, aunque nos parezca algo rara o excéntrica, era precisamente uno de los principales imanes de la cantina.

El hombre diario tomaba con ahínco sus aguas fuertes y su bebida predilecta era el ron "Castillo", pero esto lo realizaba muchas veces a costa de sus clientes, quienes gustosamente pagaban. Pero lo simpático era la forma en que lo hacía, ya que en voz alta y firme le ordenaba a su ayudante: "¡Dame un 'Castillo' para don Manuel!" y los bebedores asiduos ya sabían que era un "chayotazo" o "sablazo", es decir, que ese “alipús” se cargaría a la cuenta de don Manuel.

De allá que le apodaran “El Príncipe Valiente”, pues tomaba "Castillos" a "sablazos". ¡Ah! y pobre el que se negara, pues se llevaba una fuerte dosis de resonada de madres, y curiosamente eso era lo que más disfrutaban los abonados.

P.D. Es curioso porque el caballero, fuera de la cantina, era un gran pagador e invitador.


El Rafich y el policía

Un plácido día, el Rafich se dio a la tarea de beber con ahínco en compañía de un amigo, y el motivo era que celebraba su cumpleaños. Luego de trasladarse de cantina en cantina, decidieron terminar el asunto en un lugar donde se pudiera bailar. Dirigiéndose al sitio en cuestión, se les cruzó una patrulla que los detuvo.

El agente, al ver que nuestro amigo se encontraba bastante alegrón, le dijo que tendría que detenerlo, ya que no podía seguir conduciendo en estado inconveniente. Al escuchar esta palabra, Rafich, simplemente le dijo que por favor le echara la mano, pues era su cumpleaños. Mientras eso transcurría, arribó al sitio un oficial de más alto rango y preguntó qué sucedía, por lo que nuestro colega le comentó que era su cumpleaños, y que por favor se la perdonara.

Al escuchar el testimonio, el gendarme se conmovió y le dijo que si le comprobaba que en verdad era su onomástico, lo dejaría ir. Al instante, sacó su licencia y se la enseñó. Al observarla, el oficial lo miró a los ojos y le señaló: "Ok, nada más, por favor, que manejen con mucho cuidado".

Rafich, entusiasmado con la noticia, agarró al policía y le dio un beso, por lo que éste, molesto y ofuscado por tal acción, le dijo a su subalterno: 

"Deténgalo, pues puedo aguantar que estén pasados de copas, pero no que me besen; eso a ningún hombre se lo permito". En el acto lo condujeron a los separos, donde pasó la noche de su cumpleaños.

Ley de Murphy en El Marinero

Estando con un amigo en la cantina El Marinero ubicada a un tiro de piedra de la iglesia de la colonia Jesús Carranza, le marcó su mujer, y como no quería que sepa que estaba en el abrevadero, salió a la calle responderle, y cuando iba oprimir el botón para contestarle, en ese preciso momento comenzaron a repiquetear las campanas de dicho templo, y por consiguiente  eso lo delataría, de allá que dejó que continuara timbrando.  
Cuando por fin terminó el retoque de las campanas, el hombre le marcó a su mujer y le dijo que estaba en su coche en camino a casa, y para su mala suerte, en ese preciso instante pasaron los tamborileros que transitan por la calle con tambor y trompeta, y esto lo delató que no andaba en coche y seguramente andaba de parranda. ¡que barbaridad!

Si tiene alguna historia real que quiera narrar, escríbame y la incluiremos en la siguiente edición. Mi correo es [email protected] y ttwitter @sergiogrosjean.

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