17 de Noviembre de 2018

Opinión

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Es normal que las ciudades tiendan a aumentar su población debido a muchos factores, entre ellos destaca la disminución del índice de mortalidad y el aumento de tasas de natalidad, pero también la migración que ocurre constantemente, sobre todo de personas provenientes del campo o áreas rurales hacia las ciudades, así como también las procedentes de otros estados y de otros países; ellas son las que generan un aumento de población considerable.

Cuando el aumento de la población ocurre, se genera una mayor demanda de fuentes de empleo, vivienda, alimento, servicios de salud, educación, recreación y esparcimiento, áreas verdes y muchas otras vicisitudes para disfrutar de una mejor calidad de vida. Sin embargo, si no existe una planificación organizada y un control dentro de la ciudad, se van generando y acrecentando las necesidades de los habitantes y lejos de encontrar una mejor calidad de vida se van agudizando las problemáticas.

Mérida está creciendo bajo este mismo esquema: la inmigración nacional e internacional basada en la búsqueda de nuevas expectativas, por la promoción y difusión de una ciudad casi “perfecta” para vivir, a fin de atraer mayores inversiones, ha generado, por un lado, que la industria de la construcción se encuentre en pleno apogeo y que también el precio de la vivienda se dispare, por la plusvalía que aporta la construcción de plazas y centros comerciales, parques, hoteles y demás equipamiento aledaño.

Para muchos, el aumento de su vivienda significa un gran beneficio, pero para muchos otros significa un patrimonio inaccesible. Por otro lado, ¿qué sucede con la provisión y sobre todo la calidad de los demás servicios, principalmente de educación y salud? ¿Qué inversiones hay para poder abastecer a toda la población que está llegando? La iniciativa privada que brinda estos servicios muchas veces margina a un gran número de población por sus altos costos y no precisamente tienen la calidad que se necesita y que se demanda. Por su parte, las vías y avenidas principales que están siendo repavimentadas nos benefician, sobre todo a los que usamos medios de transporte, pero ¿qué ocurre con las viviendas humildes ubicadas en calles que jamás han estado pavimentadas y que también originan problemas de movilidad e inundación? Es importante voltear a ver no sólo a los inversionistas, visitantes, inmigrantes y meridanos en general, sino centrar mayor atención y ejecución de acciones en beneficio de los habitantes más necesitados y marginados de esta ciudad.

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