21 de Octubre de 2018

Opinión

Alma Roja

Su mirada de jade, ansiosa verde luz de fieros combates regresada, se clavó en el inmenso azul de tus lánguidos ojos cargados de lejanos recuerdos de blancas cimas y de simas hondas.

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Ayer, miércoles 3 de enero, se cumplieron 94 años del fusilamiento de Felipe Carrillo Puerto, sus hermanos Wilfrido, Edesio y Benjamín y otros nueve compañeros suyos, masacre ocurrida en el Cementerio General de Mérida. Del suceso trágico se han ocupado decenas de autores, entre ellos uno cuya aportación es casi desconocida –igual que toda su creación, copiosa e importante de pedagogo, poeta y revolucionario- y que se contiene en lo que él llama Los apéndices de mis libros y está en sus Últimos rezagos líricos. Su obra merece ser rescatada y valorada. En eso estamos empeñados familiares y algunos paisanos de don José Inés Novelo, que así se llama el autor olvidado. De Felipe algo muy conocido es la canción Peregrina que Luis Rosado Vega y Ricardo Palmerín le dedicaron a su Alma Reed y que me motivó a escribir estos pensamientos:

A esta laja caliente –pedernal, roca filosa- vino tu amor y en el pecho del guerrero su corazón -rojo jaguar, enloquecido en celo-, rompió su costillar y se anidó entre tus senos de rosadas aureolas coronados.

Su mirada de jade, ansiosa verde luz de fieros combates regresada, se clavó en el inmenso azul de tus lánguidos ojos cargados de lejanos recuerdos de blancas cimas y de simas hondas.

Tu mirada y la suya –lanzas de fuego arrojadas al abismo de pasión enloquecida, tormenta, maremoto, tremor de entrañas entregadas al amor imprudente- conjugaron en mil formas el verbo que redime de todos los pecados y amaron sin medida, sin pausas, sin temores: tú al rojo apóstol y él a la hermosa luz que apareció en la tarde perfumada y obligó al poeta y al lírico tañedor de cuerdas a cantarle a tu clara mirada y a tus mejillas de arrebol, bañadas de trópico, sonrojadas de lujuria escarlata.

Y caminaron juntos por el camino imposible del amor que les llameaba en los ojos, les ardía en la boca y les estremecía el bajo vientre y la más honda entraña. Y Chichén, majestuoso y eterno monumento de la raza escarnecida, fue testigo del encuentro y la entrega en fogoso estertor que iluminó la noche.

Hoy tu mirada clara se posa vigilante, en luz y oscuridad, sobre su cuerpo, por toda la eternidad sangrante, al que mató la inquina.
Peregrina, hoy estás Alma Roja, por los siglos de los siglos, sembrada en esta tierra de palmeras, vigilando el sueño de sus ojos verdes y cuidando su corazón atravesado por la bala asesina.

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