15 de Diciembre de 2018

Opinión

Filosofía en tiempos de turbulencia

El poder de la pluma

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La primera misión del filósofo es despojarse de todo engreimiento. Pues es imposible que un hombre aprenda lo que cree que ya sabe.- Epicteto

Una persona muy apreciada me regaló una figura de Sócrates. Ese hecho me hizo reflexionar sobre la aportación socrática a la reflexión filosófica. Sócrates fue un gran irónico contra sus enemigos sofistas, quienes argumentaban saber todo y poder persuadir al interlocutor a base de retórica y buen discurso. De ahí su famosa frase: “Yo sólo sé que no sé nada”. Evidentemente que sabía mucho, pero lo dijo para minimizar la postura de los sofistas. Llama la atención su batalla contra Gorgias y Callicles. La brillantez de Platón no hubiese sido posible sin la influencia de su maestro. En muchos de sus diálogos utiliza las palabras “querido amigo”, posiblemente parte de su mayéutica para lograr empatía con quien dialogaba.

En la historia de la filosofía griega la figura de Sócrates destaca no obstante haber carecido de obra escrita. Todo lo que conocemos de él está contenido en Los Diálogos de Platón, su discípulo. Los más aventurados y descabellados han sostenido que Sócrates es una creación literaria de Platón.
La mayéutica socrática es un método para ir llevando al interlocutor a descubrir la verdad por sí mismo. “Es peor cometer una injusticia que sufrirla”, sostenía Sócrates. Con su muerte selló su coherencia.

Así como la madre de Sócrates (fue partera) ayudaba a las mujeres a dar a luz. El sabio sostenía que el filósofo debe ayudar a sus alumnos a parir sus ideas. La sabiduría está en nosotros y sólo la vamos a descubrir con un ejercicio mayéutico.

Sócrates fue pionero de la tolerancia, su apología lo demuestra. La sociedad contemporánea necesita de esa tolerancia para incluir a todos más allá de sus ideas o posturas. A Melito, uno de sus acusadores, quien finalmente lo lleva a la condena de beber la cicuta, no lo mencionaba de otra forma más que: ¡Maravilloso Melito!
En La Apología de Sócrates se plantea el misterio de la vida. Sócrates, cansado de debatir toda la noche anterior con Melito, ante los primeros rayos del sol, sella su obra intelectual con las siguientes palabras: “Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, ustedes para vivir. ¿Entre ustedes y yo quién lleva la mejor parte? Nadie lo sabe, excepto Dios.

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