22 de Junio de 2018

Opinión

¿Comes para vivir o vives para comer?

Identificar las causas que nos impulsan a comer sin hambre es el primer paso para dar con la solución a nuestro problema de sobrepeso.

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En muchas ocasiones usamos los alimentos para compensar una carencia emocional o espiritual. El Identificar las causas que nos impulsan a comer sin hambre es el primer paso para dar con la solución a nuestro problema de sobrepeso o de obesidad.

La adicción a los alimentos es muy común en nuestra cultura. La ingesta de alimentos chatarra y comer alimentos ricos en calorías se ha vuelto un hábito. El estadunidense de clase media consume 68 kilos de azúcar al año, y México ocupa el tercer lugar mundial en el consumo de refrescos embotellados con 137 litros por persona al año. Una cantidad grotesca de calorías vacías que causan estragos en los niveles de insulina y azúcar en la sangre. Los alimentos procesados representan un 70% de lo que ingerimos.

Tomar conciencia en la forma en que comemos es la clave de nuestra salud. Porque nos han adiestrado a dañar a nuestro cuerpo, comiendo inconscientemente y usando la comida para aliviar el estrés de la vida diaria.

Un plan de mente-cuerpo nos puede funcionar, porque vamos a encontrar nuestra satisfacción no sólo en el comer, sino en el placer de aprender a comer. Hay que nutrir nuestro cuerpo con comida sana, el corazón con alegría, compasión y amor; la mente con conocimientos, y el espíritu con meditación y relajación.

Pensamos que comer de un modo normal, es comer en exceso. Y cuando nos falta una satisfacción tratamos de compensar esta carencia con la comida. Además de alimento las personas necesitamos sentirnos a salvo, nutridos, queridos y valorados, eso es sentir que nuestra vida tiene importancia. Muchas veces recurrimos a comer en exceso para sustituir lo que de verdad queremos. No nos sentimos seguros, a menos que estemos aletargados por haber comido demasiado; no nos sentimos nutridos, excepto cuando nuestras papilas gustativas están sobre estimuladas con azúcar, sal y grasa.

Cuando nos falta el cariño, la valoración y la aceptación de los demás, convertimos la comida en un “dadme un algo de amor”. Entonces ¿de qué tememos hambre? Nuestros auténticos deseos nos llevarán en la dirección acertada, mientras que los falsos nos conducen hacia la equivocada. Puede hacer una prueba sencilla: “la próxima vez que vaya al refrigerador deténgase un momento y pregúntese ¿qué le hace ir a buscar comida?. Sólo hay dos respuestas: tiene hambre y necesita comer o está tratando de llenar un vacío que puede ser mental, emocional o incluso espiritual.

Nosotros fabricamos otros desencadenes al impulso de comer, como la depresión , una pérdida súbita, un profundo dolor, la ira reprimida, la tristeza, etc. Hay que preguntarnos ¿a cuál de ellos somos vulnerables? Podemos hacer una pausa y respirar hondo. Pregúntese si lo que está disparando el hambre es un patrón conocido, como el aburrimiento, inquietud, tristeza o querer una distracción. Una vez identificado el detonante, pregúntese si de verdad necesita comer.

Tal vez pueda encontrar una actividad alternativa: hacer una tarea doméstica, hablar por teléfono, leer sus correos, leer un libro o beber un vaso de agua. Cualquier distracción servirá. El objetivo es introducir una pausa antes de reaccionar automáticamente a un desencadenante.

A partir de ahora propóngase comer sólo cuando tenga hambre de comida. Y no hacerlo cuando de lo que tiene hambre es de algo emocional, que tiene que ver con la comodidad, la seguridad, el amor, el afecto o con otros sentimientos de dicha.

La pregunta sigue en el aire: ¿Comes para vivir o vives para comer? Tu respuesta será tu plan de vida. No olvidemos que “en un cuerpo obeso enflaquece el alma”. Y lo más terrible es: “Ese bocadillo lo tienes 2 minutos en la boca y 40 años en las caderas”.

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