15 de Noviembre de 2018

Opinión

Saber escuchar

El poder de la pluma

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Para crecer y mantener buenas relaciones escuchar es cimiento sólido sobre el cual construimos nuestros triunfos con base en estrategias. Sin embargo, en nuestra cultura escuchar a otra persona es más la excepción que la norma. El arte de escuchar ha sido sustituido por el ordenador, la televisión y el teléfono móvil, el parloteo apresurado y el uso críptico de tópicos superficiales.

En la administración pública o política, cuando se es muy autoritario y poco receptivo, es difícil fomentar el espíritu de cooperación. La gente sin dudad trabajará, pero buscará más satisfacciones fuera de las horas de trabajo. De manera que cuando no escuchamos no es posible impulsar a las personas hacia un logro sobresaliente que con esfuerzo se busca alcanzar.

Si este comentario con bases científicas lo llevamos al terreno profesional médico-paciente, veremos semejanzas maravillosas. Si utilizamos un lenguaje no coloquial, lleno de tecnicismos y con un ritmo rápido y apenas perceptible, nos ubicamos ipso facto en la Torre de Babel, donde unos hablan y los otros entienden lo que quieren o simplemente no entienden. Ello produce frustración al doliente, que presupone que no se realizó lo correcto, llevándolo en el mejor de los casos a “googlear”, alcanzando el infinito y “big bang”, abriéndose el universo de las contradicciones e incertidumbres, como la teoría del conocido físico y cosmólogo Stephen Hawking (+).

Continuando en la misma línea de ensamblaje del entendimiento, posterior a la emisión sonora de nuestras palabras durante la atención médica, las consecuencias no se dejan esperar, teniendo la inconformidad, enojo, incertidumbre, que, cual efecto dominó, es transmitido entre familiares. Pero no queda allá, ahora como pasaje de canción popular profunda y reflexiva como es “Mi árbol y yo”, de Alberto Cortés, la semilla es recogida y sembrada por “pseudo litigantes”, quienes con argucias, desde una oficina y SIN JAMÁS HABER SALVADO UNA VIDA, act{uan cual carroñeros de las emociones, buscando destruir sin intentar conciliar y mucho menos estudiar. También existen aquellos que interpretan leyes, llegando a conclusiones que a la postre (años) rectifican con sólo “disculpe el error”.

Mi mensaje se centra en los siguientes puntos: a) hay que escuchar, no solo oír; b) preguntar al interlocutor si entendió lo que le dijimos y aclarar las imprecisiones si las hubiera, c) informar que la recuperación de la salud no se adquiere de forma mágica, se necesita de la colaboración del paciente y de toda la familia, d) que los médicos estudian mínimo 12 años para salvar vidas. Los que ahora tienen 80 ó 90 años, antes de la era institucional, ¿qué opinan?

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