20 de Junio de 2018

Opinión

Diálogo que dignifica

Creer que por tener la autoridad se puede ejercer el poder violento y manipulador sobre nuestros hijos o empleados es sin duda una percepción arcaica

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Ha sido constante el debate sobre los efectos dañinos que los cambios en estilos de vida producen. Evidencias encontramos a nivel orgánico, mental y emocional. Sobre las formas de ejercerla, podemos destacar las de tipo intrafamiliar, género, sexual, psicológica, verbal, emocional y laboral. Entre sus expresiones tenemos distimia, depresión, pérdida de autoestima y suicidios.

El manotazo, grito, acoso psicológico y amenazas son herramientas que en el pasado funcionaron como medidas coercitivas, con el afán de obtener resultados específicos. Creer que por tener la autoridad se puede ejercer el poder violento y manipulador sobre nuestros hijos o empleados es sin duda una percepción arcaica que dista mucho de la educación y administración del siglo XXI.

La evolución de la conciencia se manifiesta en el valor creciente que atribuimos al ser humano como individualidad y en el interés cada vez mayor que sentimos por nuestro potencial. Hemos visto desintegrarse las viejas estructuras de poder y las antiguas creencias a la luz del mayor conocimiento. Colectivamente ya no consentimos la esclavitud, el trabajo infantil, el abuso contra los niños o la agresión física. Estamos cruzando el umbral desde un “poder sobre” (dominación) a un “poder personal” (reciprocidad y creación cooperativa).

El progreso en este renglón parece pequeño en comparación con los problemas que actualmente existen. Somos conscientes de los sistemas políticos y económicos represivos que se mantienen por la fuerza física, en cambio somos menos conscientes de la represión psicológica que se ejerce mediante la manipulación verbal y la coacción.

Eso nos lleva a preguntarnos por qué un individuo adulto se comporta y actúa en determinada forma. A la luz del análisis tenemos desintegración familiar, falta de cariño y patrones adquiridos; también excesivo “mimo”, inadecuada comunicación de padres e hijos y el habernos transformado en cumplidores de caprichos económicos.

Otra realidad es la paulatina reducción del ser humano de creatura excelsa, por el hecho de poseer individualidad, integridad y esencia, a mercancía dicotómica: buena o mala, cara o barata (rico o pobre), patrón-empleado, profesionista o analfabeta y así sucesivamente.

Estamos formando a través de los hechos a esa generación que dentro de poco ocupará nuestro lugar, y no sabremos el daño que les hemos causado hasta que sus obras y acciones hablen por ellos.

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