15 de Diciembre de 2017

Opinión

El precio de la popularidad

El mundo de la apariencia que ha tomado control de nuestras vidas y las de nuestros jóvenes.

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Hemos adquirido la costumbre de compartir todo en las redes sociales. Compartimos lo que comemos, lo que hacemos, de manera inconsciente revelamos mucho más de nuestras vidas de lo que nos atreveríamos a revelar de manera directa. El ciberespacio se ha convertido en el lugar en donde desarrollamos muchas veces la vida que quisiéramos tener o la parte de la vida que queremos que el mundo vea. No conocemos aún todos los riesgos de lo que esta práctica representa, los mayores de cuarenta imaginamos miles de complicaciones que pueden surgir de ella mientras que los más jóvenes ven sólo la parte buena de compartir la parte de su vida que ellos eligen y de esta manera manipular la percepción de un mundo que basa ya la popularidad o el éxito de alguien en las tendencias y los likes.

Una reina de belleza llegó al máximo en este tipo de experiencias y su ejemplo debe servirnos, no como morbo al compartir la imagen o el video, sino como ejemplo para la juventud de las consecuencias de vivir su vida absortos en las redes, compartiendo el momento y muchas veces ingiriendo alcohol en el proceso. Sofia Magreko y su amiga Dasha Medvedeva decidieron transmitir un video en vivo de cómo disfrutaban la vida. Dos hermosas jóvenes de 16 y 24 años, sin duda bajo la influencia del alcohol, comenzaron la transmisión de su noche de juerga, tomando champan y subiéndose a su BMW.

El video continúa mostrando una noche de diversión de dos jóvenes que inconscientemente manejan mientras toman alcohol, como muchos de nuestros jóvenes equivocadamente hacen, pensando que son afortunados, que a ellos no les pasará, cuando a los 30 segundos de haber comenzado el video pierden el control del auto y chocan contra un poste. Su video se convirtió en tendencia mundial a un precio muy alto: sus vidas.

Cada día vemos miles de videos que empiezan como éste, o como otros muchos que desafían a la muerte y a las reglas establecidas, con tal de ser compartidos, de ser populares. Jóvenes que no se dan cuenta de lo únicos y especiales que son, jóvenes que buscan la aprobación de las masas a través de las redes sociales, que ya no se impresionan fácilmente, y cada vez requieren riesgos más grandes, cosas más sorprendentes. Jóvenes que van perdiendo su identidad y su verdadero yo, siguiendo su propia necesidad de ser aceptados y de ser admirados. Medios de comunicación que cada día son más insensibles, observadores que, a fuerza de haber visto miles de videos, de locuras, de mentiras, ya no creen en nada y se asombran con muy poco, que juzgan sin conciencia de los efectos de su juicio, que opinan sin mayor conocimiento. El mundo de la apariencia que ha tomado control de nuestras vidas y las de nuestros jóvenes.

El internet es una herramienta muy útil pero hemos dejado que se convierta en algo que rige nuestro tiempo, nuestros valores y en ocasiones nuestro destino. Parecería que ya nada existe si no lo compartimos inmediatamente, nos hemos convertidos en esclavos de nuestras redes sociales y de la opinión de los demás. Tenemos que revisar nuestras pantallas en todo momento para ver si ya hay alguna reacción, si alguien opinó algo, y en este medio, en el que millones de personas comparten, las opiniones positivas nos dan una falsa mejoría en nuestra autoestima mientras que las negativas destruyen nuestra seguridad.

Aprendamos a redimensionar la importancia de las cosas, usemos las herramientas como valiosos medios de difusión, pero nunca como jueces de nuestro propio valor. Ayudemos a nuestros jóvenes a conocerse a sí mismos, a descubrir lo valiosos que son para este mundo y el cambio tan grande que pueden ser ellos para la vida. Démosles algo real por lo que vivir, para que puedan diferenciar la aprobación de una mirada, el cariño de un abrazo y la satisfacción de haber ayudado a alguien por encima de una imagen compartida miles de veces.
El mundo será diferente cuando nuestros jóvenes comprendan su valía y no la busquen desesperados en un ciberespacio anónimo cuyos valores no son claros. Pero esto requiere tiempo, dedicación y mucho amor, al no hacer a nuestros jóvenes desde niños dependientes de sus redes sociales y juegos cibernéticos. Los papás debemos de hacer un esfuerzo extra por llamar su atención a lo natural, a lo real, a lo sano, a los valores y no dejar que maten el tiempo, que evadan su realidad y dejen pasar su vida observando una pantalla.m

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