25 de Septiembre de 2018

Opinión

¡Vaya tesoro!

La diferencia tan grande que las décadas han dejado entre los estudiantes de 1997 y los de 2017.

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Esta semana me pidieron apadrinar a una generación de estudiantes de comunicación y la verdad me sentí comprometida, pero al mismo tiempo asombrada de la diferencia tan grande que las décadas han dejado entre los estudiantes de 1997 y los de 2017. No es para menos, son veinte años.

Los contrastes son enormes. Desde escribir en estas extraordinarias pantallas con teclados tan suaves que permiten una velocidad increíble y cero errores, hasta el tema de las salas de redacción, que ahora son espacios verdes de donde desapareció hasta el humo de los cigarrillos.

No extraño las muchas hojas de papel carbón que había que utilizar para tener la copia de tu texto, o los litros de tinta blanca que se gastaban para corregir un error, pero sí añoro de los tiempos pasados el sentido común en la mayoría de los millenials, así como su escasa pasión.

En los tiempos de la generación X, el apasionamiento te podía llevar a un concierto o a un partido de futbol, pero también a dedicar muchas horas para hacer el mejor trabajo de tu salón o a escribir la mejor tesis del mundo, por el simple gusto por lo que estabas haciendo.

Antes las personas no tenían la cantidad de títulos académicos que un estudiante logra juntar hoy día, pero es seguro que su capacidad de análisis les permitía avanzar en sus objetivos y meter menos la pata de lo que algunos chicos logran hoy con la capacidad que tienen de aburrimiento.

No hay que olvidar que, a pesar de todas estas historias, hoy los jóvenes tienen miles de ventajas que las personas de mi lustro no tuvimos. La oportunidad de viajar sin límite, la rapidez de las comunicaciones, la capacidad de ver a quienes amas aun si están en otro continente, la mínima necesidad de acumular posesiones; la lista es larga.

Así que aprovecharé que es lunes y que el verano sigue para buscar a otros que, como yo, quieran una buena conversación, aunque sea alrededor de una bebida espirituosa. ¡Qué sea feliz! 

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