17 de Diciembre de 2017

Opinión

El deseo ciudadano

Los diputados sólo están capacitados para saber a qué puesto aspiran después, no para legislar.

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Para mentir hacen falta dos, uno que mienta y otro que crea.- Homero Simpson

A un año de las elecciones hemos tenido ya que soportar otro de anteprecampañas. Todo el mundo las ve y las comenta, pero ante la ley y las autoridades electorales no existen, pues ninguno de los anteprecandidatos pide textualmente el voto. No importa que no hagan ningún esfuerzo por disimular sus aspiraciones. En general, se ha tratado de campañas de muy bajo nivel político, centradas en lograr la proyección de la imagen individual de cada pretendiente, bajo los cánones más elementales de la mercadotecnia norteamericana.

En medio de las severas disfunciones del modelo económico y del sistema político del país, la disputa por el poder público no incluye un debate social profundo sobre las necesidades inmediatas y de largo plazo de México. Frente a temas cruciales -como el agotamiento del neoliberalismo, el del presidencialismo, el distanciamiento de la sociedad civil y el Estado, la delincuencia y la violencia, la concentración del poder público en minorías electorales, la pobreza de la mayoría de la población y la obscena producción de opulencia a base de perpetuar la miseria-, quienes quieren llegar al gobierno ofrecen una miscelánea de frivolidades. Los vemos cuando quieren ser, por ejemplo, legisladores federales, ofrecer obra pública, contrataciones de gobierno, mejoras en servicios municipales, lentes gratis, alimentos subsidiados, concursos de todo tipo, tómbolas, palos ensebados y kermeses. Pero lo realmente preocupante es que estas ofertas son tremendamente efectivas al orientarse a los públicos debidos. Ni los empresarios se quejan de que los diputados contraten obra pública a capricho, ni los marginados de que se reparta comida en el proceso antepreelectoral. El problema es que, llegados a las cámaras, lo único que la mayoría de ellos tiene claro es a qué gubernatura o alcaldía quiere columpiarse después. De las leyes ya otros se encargarán.

Las campañas se irán intensificando, y con ellas la gala de superficialidades de contendientes y ciudadanos. En la estridencia electoral convivirán las ofertas más inmediatas, las dádivas más pequeñas, con un menú de fantasías de todo alcance; desde acabar con el alcoholismo en un municipio, hasta superar el subdesarrollo a base de acabar con la corrupción, y sin tocar el modelo económico.

Para cada problema aparecerá una receta mágica y un brujo capaz de conjurarlo. Lo lamentable es que el espectáculo será aplaudido a rabiar por un electorado ávido de creer esas maravillosas patrañas. Siempre es más fácil creerse una ilusión que enfrentar la gravedad de nuestros problemas y la dura responsabilidad que también los ciudadanos tenemos en solucionarlos. Razonar para votar sería un buen principio.

 

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