21 de Septiembre de 2018

Opinión

"La guardia espiritual del paraíso"

Leer y releer los datos crudos de los “papeles del paraíso” resulta abrumador, tanto por las cantidades de dinero que un solo individuo puede poseer.

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Leer y releer los datos crudos de los “papeles del paraíso” resulta abrumador, tanto por las cantidades de dinero que un solo individuo puede poseer, como por la notoriedad de algunos de los involucrados. También la indiferencia de los mexicanos ante la enormidad de los robos al erario implicados en esas transacciones, especialmente por su ilimitada capacidad de saqueo.

El esquema básico -en la práctica suelen ser mucho más complejos, pero el principio es el mismo- es el siguiente: una empresa mexicana tiene muchas ganancias y pocas ganas de pagar impuestos; entonces, con dos o tres mil dólares, constituye una empresa fantasma. Una que no tiene oficinas reales, ni personal, ni nada físico, pero sí un domicilio, que puede compartir con otras miles, en otro país, y desde luego cuentas bancarias. La empresa fantasma le vende a la mexicana servicios ficticios, o recibe inversiones de ella. Las elevadas utilidades se desploman, generando un pago mínimo de impuestos o, si se puede, hasta reembolsos. La empresa fantasma, por su parte, reporta ganancias enormes pero, maravilla de maravillas, en los paraísos fiscales el pago de impuestos es microscópico. Como estos países están, más o menos, detectados y vigilados, los esquemas reales incluyen el paso del dinero por otras cuentas, países y empresas -la triangulación- antes de llegar a su destino final. De esta manera, ilegal e ilegítima, quien gana una fortuna en México y por tanto debería devolverle a la sociedad una parte razonable de lo que ésta le facilitó lograr, puede evadir el pago de impuestos. Estos miles de hurtos acumulados, ejecutados desde la comodidad del hogar, al borde de la alberca, o desde el celular, entre el spinning y el jacuzzi, montan miles de millones de dólares. Ese dinero no es otra cosa que impuestos sustraídos del erario. En lo concreto, es desviar recursos de la reparación de los daños de los terremotos y huracanes para que este junior, aquel empresario, ese milmillonario pueda cambiar de yate o jet. Otra vez. Es exactamente igual de robo al patrimonio de los mexicanos que el de los políticos corruptos cuyas siniestras hazañas escandalizan a los más serenos usuarios de redes sociales. Pero los atracos de los súper ricos no parecen indignar a nadie, aunque con mil millones de dólares se puedan comprar 200 casas de 90 millones de pesos. Blancas o de cualquier otro color. Por el contrario, despiertan cierta envidia, cierta admiración y hasta cierta alegría compartida por el genial logro del bandido. No es casual que esta emoción sea tan exitosa y continuamente regurgitada por Hollywood.

Esta tolerancia a la corrupción privada es la que la cobija, la protege.

La encubre.

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