17 de Diciembre de 2017

Opinión

Juntos lo hacemos mejor

No hay nada extraño en las alianzas de AMLO con expriistas: él es uno de ellos.

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Las alianzas de Andrés López han vuelto a ser objeto de comentarios en los últimos días, primero por declaraciones de Manuel Bartlett, secretario de Gobernación en aquellos momentos, sobre las elecciones presidenciales de 1988, y después por el reclutamiento de Lino Korrodi, operador financiero de Vicente Fox en su campaña de 2000. Como cada vez que el tabasqueño pacta con integrantes de “la mafia del poder”, sus malquerientes lo critican por contradecir con esos actos el discurso de repudio a la corrupción y al neoliberalismo. Por su parte, los adeptos al dirigente de Morena se distribuyen desigualmente entre dos polos: los que en íntimo silencio comparten el repudio de los críticos a las nuevas alianzas y los que las encuentran brillantes y lógicas para lograr el fin estratégico último de regenerar a México desde la futura presidencia del expriista.

Me parece importante distinguir que, vista la historia de las últimas décadas, el reencuentro con Bartlett es políticamente consistente con el desempeño del candidato de Morena. López se afilió al PRI a los 17 años, poco después de la elección de Echeverría, y mantuvo en este partido su militancia hasta pasadas las elecciones de 1988. Es decir -contra la falsificación histórica que Carlos Monsiváis publicó en la revista Proceso-, el 6 de julio de 1988 Andrés Manuel López Obrador trabajaba en la operación electoral para hacer presidente a Carlos Salinas de Gortari, y desde luego no en el Frente Democrático Nacional promoviendo a Cuauhtémoc Cárdenas. Tras el monumental fraude electoral que le valió la presidencia, Salinas, sin embargo, ignoró los méritos militantes del de Macuspana y prefirió a otro político priista para gobernar Tabasco. Fue a esa designación que López respondió saliendo del tricolor y aceptando la correspondiente candidatura del PRD.

López y Bartlett militaron en el mismo partido durante 18 años y llegaron juntos al proceso electoral más crítico de los últimos setenta años. Juntos apostaron sus capitales políticos, uno chico y otro grande, al proyecto de transformación neoliberal salinista y, desde luego, no objetaron el fraude electoral que lo consumó. Por eso para Andrés es fácil “perdonar” las faltas democráticas de Bartlett (“ya pidió disculpas”, declaró textualmente). En 1988 López no fue lastimado por el fraude, él no estaba con las víctimas del fraude, sino haciendo méritos con los victimarios. 30 años después, los viejos camaradas darán nuevamente la batalla por la presidencia en 2018. No hay en ello ninguna contradicción con su trayectoria política. Finalmente, Andrés aprendió desde el primer gobierno de su partido en cuya elección participó, el de López Portillo, que “Juntos lo hacemos mejor”.

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