18 de Septiembre de 2018

Opinión

Crear para crecer

¿Puede el teatro ayudar a ex presos a rehabilitarse? El 77 es una muestra indiscutible.

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Uno se va acercando poco a poco a lo que admira, uno puede acercarse tanto, que en el momento menos pensado se encuentra al otro lado de la puerta, recibe una llamada y la puerta se abre a muchos infinitos. Me gustan los proyectos de largo aliento porque permiten ver la evolución artística y personal de los involucrados. Desde hace algún tiempo escucho sobre un proyecto teatral que se realiza en el reclusorio de alta seguridad en Santa Marta Acatitla. Sabía que estaban involucrados reconocidos dramaturgos y directores de teatro, creando y rehabilitando internos a través del teatro. Mi cercanía con el teatro penitenciario en Mérida me hizo admirar este movimiento antes de conocerlo. Posteriormente me enteré de que el proyecto no se limita solamente a la cárcel, que algunos de los que son liberados continúan haciendo teatro en libertad. Me pareció más genial aún.

La llamada inesperada llegó cuando Itari Marta me invitó a escribir y dirigir una obra para estos cinco actores. Fui a conocerlos a El 77 Centro Cultural Autogestivo. El proceso para integrar la compañía implica una serie de compromisos por parte de los aspirantes; no todos los que salen de la cárcel quieren integrarse ni cumplir con los requisitos, pero los cinco que están se han apropiado del espacio; se les llenan los ojos y la boca al mostrar las paredes recién arregladas y pintadas por ellos mismos, al enseñarme el huerto que germina en la azotea, los diseños de las camisetas, el pequeño foro abierto a ensayos y funciones, el taller de grafiti y todos los detalles que ellos mismos han puesto. Actualmente tienen dos obras en cartelera y siguen acompañando las funciones en Santa Marta. Ellos hablan del teatro como el espacio que les ayuda a no regresar a la delincuencia. Yo sólo puedo admirar semejante modelo de inclusión social y soñar que algún día ese modelo se replique muchas veces en muchos otros estados y países del mundo.

Mientras tanto, el asombro de los deseos que se cumplen en ese espacio finito que es el arte me hace pensar que siempre llegamos al lugar que soñamos. Confío en que construiremos un proceso teatral que tendrá sus propias semillas y sus frutos, que algunos serán inmediatos y otros a corto plazo. Y es que hay cosas en las que la inmediatez sirve para poco, los procesos artísticos requieren su ritmo y su tiempo para tener buena cosecha. ¡Larga vida a El 77!

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