19 de Octubre de 2018

Opinión

"La sabiduría de los ancianos"

Nuestra cultura nos alimenta, nos nutre, nos hace únicos, nos hace nuevos y distintos, nos salva. No hay que despreciarla ni ignorarla, hay que abrazarla, creer y crecer con ella.

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Se habla mucho del exilio de algunos artistas, es incluso en el exilio donde conciben sus mejores obras; quizá la añoranza tiene mucho que ver en ello; extrañar es recordar, imaginar, pintar un lienzo para que la ausencia no nos borre las huellas vitales del lugar donde nacimos. Yo amo Mérida y la magia que habita en sus comunidades. Cuando me preguntan: ¿Cómo puedes concebir esas imágenes llenas de belleza? ¿Qué estudiaste? Siempre respondo: estudié Yucatán, un lugar lleno de magia y con un enorme legado cultural; lo que mi teatro busca no es ridiculizar a nadie, busca replicar esos paisajes únicos que sólo son visibles en Yucatán, esas mujeres poderosas que desconocen su poderío.

Parte de este legado llegó de las manos de mi abuela, mi gran maestra, un ser sabio y luminoso que alimentó mi imaginación de muchas maneras. No sé cómo la lleven las generaciones actuales con sus abuelos, mi generación disfrutaba mucho de oír sus historias, sus canciones en maya, sus curaciones con herbolaria. Recuerdo a mi abuela con hojas de naranja pegadas a su garganta o su frente con Vick Vaporub para curarse el dolor de cabeza o de garganta. A mi abuela la amamos y la respetamos hasta su muerte y después de ella.

Sé que muchos ancianos mayas mueren en el olvido, en una hamaca con hilos deshechos y sin nada qué comer. Alguna vez me tocó ver a una anciana mestiza comiendo en un albergue, me enseñó sus manos deformadas por la artritis: “Mira, toda mi vida lavando y planchando para que mis hijos tengan qué comer, ahora ellos se olvidaron de mí, me dejaron aquí y yo estoy inútil, no puedo llevarme un bocado a la boca ni bañarme”. Los ojos se le llenaron de lágrimas y rompió a llorar con un sentimiento que aún me estremece. Ahora que estoy lejos de Mérida y recuerdo mi Estado y su gente, recuerdo también a esos ancianos llenos de sabiduría, tan olvidados, tan solos, vegetando en hamacas rotas; pienso que es un reflejo del olvido que algunas generaciones tienen de su cultura. ¿Cómo decirles que se quiten los audífonos y escuchen las voces antiguas que a veces desprecian? El día que nuestros abuelos vuelvan a ocupar el lugar privilegiado que merecen, el mundo será más sabio y amoroso.

Nuestra cultura nos alimenta, nos nutre, nos hace únicos, nos hace nuevos y distintos, nos salva. No hay que despreciarla ni ignorarla, hay que abrazarla, creer y crecer con ella.

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