18 de Diciembre de 2018

Opinión

Pobreza invisible

El Poder de la pluma

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¿Qué hay que hacer para ponerle fin a la pobreza? Es una pregunta recurrente en cada foro de desarrollo social, y las respuestas van desde lo más complejo hasta lo más simplista, por ejemplo: algunos proponen modelos de cambio económico, apoyos sociales condicionados o educación para todas y todos; otros dicen que la pobreza no se puede erradicar, que tenemos que aprender a convivir con ella.

Pero si de algo estoy seguro es de que la pobreza sí se puede acabar; el cuestionamiento real es el siguiente: ¿A qué estamos dispuestos nosotros a renunciar para que los demás dejen de ser pobres?

La visualización de la pobreza, para la mayoría de la población, se presenta en términos burdos; Caparrós, en su libro “El hambre”, cita: “Hay millones de pobres en el mundo pero nosotros no conocemos a ninguno, porque se encuentran todos concentrados en sitios alejados”.

La formulación de esta frase es congruente con la idea de muchos, pero dista de la realidad, ya que quien no ve la pobreza es porque ha decidido invisibilizarla, y negar que le beneficia a la distancia.

Y es ciertamente utópico pensar que todos podemos llegar a tener los mismos recursos económicos, por lo que el debate no es ese, sino sobre eliminar la pobreza extrema; en otros términos, estamos hablando de que los pobres al menos tengan para comer y acceder a la educación, aunque sea de mala calidad, ya que millones de personas en el mundo ni siquiera a eso pueden aspirar.

Me decían en cierta ocasión: “Los pobres son pobres porque quieren, mira ahí está la maquila donde siempre solicitan personas, pero no quieren aceptar ese trabajo”, sin pensar que la gente que decide trabajar en la maquila, como estrategia de supervivencia, no lo hace porque le guste, trabajan hacinados, hambrientos y excluidos; armando, colocando botones, maquilando el pantalón o la playera que se venderán en dólares o euros en un país desarrollado.

Es el hambre del mundo de los pobres la que sostiene el sistema económico de los ricos y muy pocos quieren verlo así.

¿Por qué a pesar de que esta realidad no es nueva, decidimos no verla ni hablar de ella? Lewis Carroll lo explica perfectamente: en nuestro día a día dentro del capitalismo vamos corriendo como el conejo blanco, para sobrevivir en este contexto construimos barreras emocionales que nos protegen del entorno; lo que no veo, no lo siento, no me afecta.

El cambio social es tarea de todos y todas, empezando por aceptar que este modelo económico le beneficia a unos cuantos, que están muy cómodos desde la cúpula que aporta felicidad para ellos, a costa de la marginación de muchos.

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