20 de Septiembre de 2018

Opinión

Candil de la calle...

No defiendo a Maduro; él tiene quien lo haga, tampoco lo ataco, porque lo único que hace es actuar en la dinámica del poder.

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De Venezuela recuerdo el largo viaje que realicé en vehículo diplomático de Caracas al estado de Zulia, en donde asistí a varias ciudades de esta península compartida con la región costeña de Colombia. Todavía gobernaba Hugo Chávez.

Por cuestiones del trabajo, no sostuve pláticas prolongadas con ciudadanos comunes, quienes son los más fidedignos en cuanto a la realidad de un país; a mí, en lo particular, me pareció que Chávez llevaría a buen destino a sus conciudadanos, basado en el poder del petróleo. Las finas atenciones recibidas las regresé en mi viaje de vuelta, deseándoles que el socialismo de Chávez fuera con visión modernista. Hoy Venezuela vive una etapa de transición hacia formas de gobierno en donde la conveniencia para unos es perjuicio para otros. En concreto, la izquierda contra la derecha o la derecha contra la izquierda. Cuestión de ópticas y de medios de comunicación.

No defiendo a Maduro; él tiene quien lo haga, tampoco lo ataco, porque lo único que hace es actuar en la dinámica del poder. Lo que sí me extraña en este asunto es la forma de actuar del Dr. Videgaray, titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, y sus maneras de tratar el caso de las confrontaciones internas de este país. Durante años, nuestras políticas ante los países de este mundo, cada vez más pequeño, estuvieron basadas en el apotegma de Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”; bajo la no intervención, logramos mantener relaciones con Cuba. Cuando muchos países se plegaban a las presiones del Tío Sam, nuestra política se mantuvo firme, granjeándose el respeto de poderosos o vulnerables. Mantuvimos puertas abiertas al exilio, sin distinción de ideología. En las confrontaciones bélicas de nuestros hermanos nicaragüenses, salvadoreños y guatemaltecos, los cancilleres estuvieron pendientes para aportar su granito de arena en pro de la paz.

Entiendo que la modernidad obliga a realizar contraprestaciones a quienes supuestamente van a favorecernos en futuras negociaciones. Pero no se puede actuar en contra de las tradiciones diplomáticas. No podemos tachar al vecino por el hecho simple de hacerle un favor a otro. Porque si hablamos de violación a los derechos humanos y otros derechos, es mejor no voltear para atrás, porque pende la amenaza de volverse estatua de sal. Tenemos lunarcitos que demeritan nuestra belleza. El proverbio: “Candil de la calle, oscuridad en su casa”, le viene a modo a la política exterior del país. Los venezolanos sabrán qué hacer con su Venezuela.n

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