19 de Noviembre de 2018

Opinión

Lo cursi de lo cursi

El poder de la pluma

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En una sociedad como la nuestra, donde las disparidades sociales o económicas son tan obvias, el sueño del ascenso para alcanzar a los otros nos conduce a la cursilería; lo cursi en el lenguaje común y corriente. Valga el punto y seguido para señalar que lo cursi no es característica de las clases sociales en ascenso, también existe en la llamada clase alta, esa que a veces tiene el dinero, pero carece del apellido de abolengo o lo contrario, tiene el apellido, pero se carece del capital o de la educación para interactuar con sus pares.

El concepto de cursi es amplio, el que mejor se acomoda para su comprensión es presumir ser algo que no se es. El mejor apotegma que definiría en lengua popular la cursilería sería: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Esa fatalidad de aparentar finura apócrifa se manifiesta en la ridiculez. Respecto a este tema hay que tener cuidado extremo, porque la cursilería, al igual que la risa, la comezón y las ganas de dormir, es de altas probabilidades de contagio.

En la literatura, lo cursi tiene una larga línea de tiempo, desde españoles hasta latinos son cursis o al menos imitadores de la cursilería; verbigracia el multiactuado poema de Guillermo Aguirre: el Brindis del bohemio. Brindo por la mujer, pero por una/ por la que me brindó sus embelesos/ y me envolvió en sus besos; / por la mujer que me arrulló en la cuna…/ Por mi madre… bohemios.

Esto trae en aparejo las tarjetas de felicitaciones a la madre, el día del amor y la amistad y todas las festividades comerciales como el día del amante, el día del abuelo, del discapacitado, del homosexual, del patrón, de la sirvienta, del periodista y otros en los que se oye el discurso demagógico lleno de cursilería: “Qué haríamos si la basura no fuera recogida, por esos abnegados trabajadores de la recoja”.

Son infinitas las formas de mostrar cursilería, los quince años de la vástaga es escaparate de cursilería de baja o alta alcurnia, el esmoquin en el varón, el vestido de noche de gala con imitación de marca de diseño, el discurso de trasmutación de la festejada que de niña pasó a mujer; todo recuerda a las cortes de reyes europeos, donde damas de compañía y chambelanes vestidos a la usanza del pasado recrean lo inexistente.
En resumen, la cursilería es algo tan nuestro que nos reímos de ser tan cursis.

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