18 de Diciembre de 2017

Opinión

Las corridas de pueblo

¿Crueldad animal? No, yo le llamo tradición.

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Hay partidos políticos a los que en los últimos años les ha dado por proteger animales; no está mal, si su objetivo no fuera de coyuntura electoral. Existen maneras eficaces de protegerlos del Homo sapiens, pero no tengo evidencias de políticos de esas militancias realizando consultas populares para recabar soluciones. Así, de un parpadeo, desaparecieron la industria circense y ahora van por empresas que utilizan cetáceos como diversión.

Alrededor de esas acciones con mucho de monserga, surgen voces que están contra la tauromaquia, ridiculeces más ridiculeces menos. Otros con mayor atrevimiento se enfocan contra las tradiciones populares de nuestro terruño. Específicamente me refiero a las corridas de toros que se realizan en los pueblos del interior. La corrida de toros es el pixán de la fiesta patronal del pueblo.

Todo puede suceder: sequías, lluvias extremosas, huracanes o ciclones económicos, pero nada es tan catastrófico como para suspender la fiesta pueblerina. Campesinos, mestizos, catrines, mayeros y de otros estratos la esperan con vehemencia. De hecho el mitote se inicia en el momento de construirse el ruedo. El tamaño del ruedo es proporcional a la importancia de la población, si es de sólo un piso, se trata de un pueblito; si tiene tres o más, el fandango es de pueblo de importancia. Armar un ruedo utilizando materiales de la región es toda una obra de ingeniería, en donde todos colaboran. La madera es cortada en buena luna, para que aguante el peso de la concurrencia. No hay planos de construcción, todo está codificado en la mente de esas personas que durante años han armado ruedos. Pocos son los que se han caído. Así que está por demás dudar de la seguridad.

En este juego, el toro representa al mal. El toro por lo general es matrero y diestro en todas las lides, se las sabe de todas todas. Por más pulcro que luzca, espera el momento de clavar sus puntas en el cuerpo del hombre que entre risas juega con él.

Es el juego del bien contra el mal. Maniqueísmo puro a punto de turrón. El torero de torero no tiene nada. Su desleído traje de luces es el único resabio de la fiesta brava. Sus pases son caricatura que causa algazara entre los asistentes. Al final, el mal representado en el toro se convertirá en algo bueno y rico: el chocolomo de carne de toro recién toreado.

Algunos llaman a esto crueldad, yo lo nombro tradiciones. Pero ese es otro cuento.

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