12 de Diciembre de 2017

Opinión

México sin frijol

Debemos recuperar el tipo de alimentación característica del mexicano, sentirnos orgullosos de ella y no hacerla menos.

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Pensar en un México sin un producto básico tan característico en la gastronomía como el frijol es algo totalmente inconcebible; no obstante, en nuestro México mágico en donde todo es posible esa ausencia cada vez parece ser más una realidad inevitable.

En el mundo existen cerca de 150 variedades distintas de frijoles, un tercio de ellas se encuentra en nuestro país, concentrando la mayor diversidad de ese grano.

En 2015 el frijol ocupó el tercer lugar de superficie sembrada en México con un millón 560 mil hectáreas y una producción de un millón seis mil toneladas. Los principales estados productores son Zacatecas, Coahuila, Sinaloa, Durango, Nayarit y Chiapas.

Sin embargo, su producción en nuestro país ha ido en franca picada durante los últimos 30 años. Las causas son muchas, desde la falta de apoyo a los campesinos que carecen de semillas, maquinaria, riego adecuado, precios de combustibles elevados, comercialización ineficiente, entre otros, pero también por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan), que contribuyó en gran medida a la disminución de la producción nacional, ya que se estimularon las importaciones, bajo pretexto de que éstas eran mucho más económicas, lo cual desequilibró las estructuras nacionales. Ahora que el presidente Trump ha puesto sobre la mesa la renegociación del Tlcan, es requisito indispensable que los negociadores nacionales le den mayor protección a nuestros productos, protegiendo así al agro mexicano.

Por otro lado, aunado a la caída de la producción, nuestro país ha disminuido el consumo per cápita de frijol durante las últimas tres décadas, ya que en promedio en los años 80 se consumían 16 kg por persona al año, contrastando con el consumo actual de 8 kg.

Ello es resultado del proceso capitalista y globalizador en el que vivimos, que ha generado una sociedad contemporánea con mayor gusto, impuesto desde afuera, por el consumo de alimentos industrializados con alto contenido calórico, grasas trans, jarabe de maíz y azúcares refinados, lo que ha generado un México con una incidencia y prevalencia cada vez más alta de enfermedades crónico degenerativas, como la diabetes tipo 2, hipertensión arterial, diferentes tipos de cáncer y las enfermedades renales.

Pero asimismo existe un prejuicio, que hace pensar a muchas personas que el frijol es un alimento de segunda o tercera clase, que es consumido únicamente por aquellas personas que se encuentran en niveles socioeconómicos limitados. Haciendo a un lado el hecho de que el frijol, de manera natural, es bajo en grasas y colesterol, es alto en fibra, proteínas de mediana calidad e hidratos de carbono de lenta absorción.

La soberanía alimentaria debe ser la primera exigencia que debemos tener como mexicanos, no depender de la importación de Estados Unidos, cuyos productos no son frescos, ni libres de pesticidas, y en segunda medida debemos recuperar el tipo de alimentación característica del mexicano, sentirnos orgullosos de ella y no hacerla menos.

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