26 de Septiembre de 2018

Opinión

La vida elemental

Hay dinastías caciquiles en la política, en los negocios, en las iglesias, en la banca, en todos los rincones.

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Ese refrán de las buenas conciencias que afirma “no le des un pescado a un pobre, enséñalo a pescar” se pervirtió desde tiempo inmemorial en la política mexicana y se convirtió en este otro refrán: “No me des, ponme donde haya”. Ha llegado a ser cimiento del caciquismo y el engranaje que permite funcionar a un sistema necesariamente corruptor.

Porque te pongo donde hay para que te enriquezcas, tú me lo debes. Porque me permites enriquecerme, yo te soy incondicional. Y, como la rueda de la fortuna sube y baja, siempre habrá necesidad de mantener el contrato no escrito de la lealtad entre cacique y súbdito. La mafia siciliana le llama la “omertá”, pero es exactamente lo mismo.

A veces es necesario cortar alguna cabeza para defender todas las demás. Y las que ruedan son las de los más débiles o las de los menos capaces para hacer las cosas sin que se noten. Pero, aun en estos casos, es cuestión de paciencia porque nunca se pierde la esperanza de que la rueda de la fortuna vuelva a subir.

Este pegamento social es muy difícil de erradicar porque, como la sangre por las venas, recorre todo el cuerpo social y nos llega de antiguo. Literalmente hay dinastías caciquiles en la política, en los negocios, en las iglesias, en la banca, en todos los rincones. Y no se trata de herencias económicas que, aunque discutibles, están legalizadas y aun legitimadas, sino de formas de compartir el poder tanto para construir como para destruir. Quien llega a la cumbre de la gran pirámide puede hacer lo que quiera. Por eso las revoluciones buscan invertir las cosas. Sin embargo, en las experiencias que tenemos desde la Revolución francesa, los caciques pueden cambiar pero las pirámides y el modelo de transmisión del poder han permanecido.

¿Cómo luchar, pues, contra la corrupción sin luchar contra el caciquismo? No hay forma. Es necesario impedir o, al menos, dificultar los nudos de complicidades en todos los niveles y negar, en todos los casos, la necesidad de un cacique, de “un arcángel divino” que “el dedo Dios señaló” como nuestro destino.

Con todo lo ingenua que pueda parecernos, la palabra es “democracia”. Pero no sólo democracia que “resuene en sus centros la tierra” sino (puesto que hablamos de política y estamos en periodos electorales sempiternos) democracia en la vida partidaria elemental.

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