15 de Noviembre de 2018

Opinión

"Oferta y demanda electorales"

Gane quien gane, lo de verdad importante sería que el elector demandara y los candidatos se vieran obligados a reaccionar con ofertas sustentables.

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En un país carente de tradición democrática desde su más remoto origen precolombino hasta el priato y sus paréntesis panistas, es lógico que los candidatos a cualquier puesto de gobierno busquen estrategas que ofrezcan lo que consideren más apetecible a sus “clientelas” secularmente domesticadas. Todos, estrategas y estrategias, en el más puro estilo mercadotécnico, seguros de que no existirán demandas serias para tomar en cuenta porque su elector es menor de edad desde una perspectiva política y, en cambio, desde una perspectiva comercial es un consumidor adulto, fácilmente manipulable y ávido de ganar productos basura.

Entramos a tiempos duros, interesantes para los sociólogos y tal vez definitivos para los mexicanos de a pie. Quizás este año lo que esté en juego no sea quién vaya a ganar las elecciones sino la posibilidad de modificar el esquema descrito. Gane quien gane, lo de verdad importante sería que el elector demandara y los candidatos se vieran obligados a reaccionar con ofertas sustentables. Hoy, la presión electoral puede cambiar las reglas del juego y hacer que, por primera vez en nuestra historia, la demanda surja antes que la oferta y modifique la mecánica hasta hoy utilizada por los estrategas: lemas de campaña, creación de imagen de los candidatos, guerras sucias, invención de necesidades, ausencia de soluciones y, a fin de cuentas, compra de votos con mayor o menor descaro.

Lo que se juega es, en síntesis, la minoría o mayoría de edad del elector. Puede ser un ritual de paso hacia la auténtica ciudadanía.

Por poner tan sólo un ejemplo entre muchos: seguridad y crimen organizado. Mientras se discute sobre amnistiar delincuentes, discutir con los capos, militarizar la seguridad o crear mandos únicos, lo que lleva más de un lustro sobre la mesa en las discusiones ciudadanas es la regulación de la droga que, automáticamente, definiría quiénes y cuándo son delincuentes, a quiénes y por qué perseguir y a quiénes ayudar desde un punto de vista médico. Pero en esta discusión ningún candidato entra para no tocar intereses muy probablemente inconfesables.

Si el ciudadano se niega a oír estupideces y exige respuestas a sus preocupaciones, y esto se refleja en las urnas, gane quien gane, será un triunfo de la democracia: un triunfo de la demanda real sobre la falaz oferta.

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