15 de Octubre de 2018

Opinión

"En propias voces"

Mi generación creció con la guerra de Vietnam como fondo escenográfico lejano y siempre imaginado.

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Mi generación creció con la guerra de Vietnam como fondo escenográfico lejano y siempre imaginado. Parte del colonialismo fue borrar las facciones de los que para unos eran los buenos y para otros eran los malos, hurtar cualquier detalle que los individualizara, especialmente sus voces. Ho Chi Min y el vietcong fueron, para los chavos de izquierda, motivo romántico y encarnaciones del demonio para los chavos de derecha. Había otras figuras románticas, en el envés, y demoniacas, en el revés, pero aquello que empezó con la guerra colonial francesa en Indochina y luego se convirtió en la lucha del David vietnamita contra el Goliat yanqui, vertebró las movilizaciones hippies y llenó la imaginación del mundo occidental.

Luego supimos de la tragedia de Camboya que comenzó con los bombardeos equivocados que Nixon “lamentaba” por televisión y terminó en la sangría brutal, inexplicable, que Pol Pot llevó al cabo siguiendo una versión superlativa del maoísmo. Pero rostros y voces los seguimos imaginando: el dolor más profundo, el genocidio, sazonado todo con el desprecio inclusive de aquellos que estábamos de su parte y llorábamos su suerte.

Por eso, hoy, cuando mi generación se vuelve setentona, empezar a verlos y empezar a oírlos resulta no sólo sociológicamente interesante sino una especie de broche para cerrar la historia y pagar una deuda.

Por casualidad, en la misma semana he podido leer “El simpatizante”, de Viet Thanh Nguyen, editado por Barral, y ver la película “First they killed my father”, basada en la novela de Loung Ung y dirigida por Angelina Jolie, con guión de la propia autora, en la pantalla de Netflix.
Aún niño, Viet Thanh Nguyen logró salir de Saigón, con sus padres, en esa vergonzosa huida de los norteamericanos que supuso el abandono a su suerte de miles de leales colaboradores suyos. Mientras que, con seis años, Loung Ung tuvo que abandonar la capital de Camboya cuando el jemer rojo entró a construir un hombre nuevo tras destazar al realmente existente.

No hay espacio para abundar en cuanto el descubrimiento de rasgos, voces y luces específicas me ha supuesto. Sólo recomiendo que lean y vean ambos documentos, se llenen de dudas y coincidan con Nguyen: “Estas preguntas requerían o bien a Camus o bien un coñac, y como Camus no estaba disponible, me pedí un coñac”.

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