12 de Diciembre de 2017

Opinión

¿Quién dijo que todo está perdido?

En La Esperanza no alimentamos la llama del conocimiento, y pagamos el precio.

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Por Víctor Caballero Durán/Secretario de Educación
Viernes 16 de junio, son las 5 de la mañana en Mérida. El despertador del celular suena y me levanto de la cama. Me espera una gira en la última frontera del oriente del Estado, en el municipio de Chemax, a tiro de piedra de Quintana Roo, específicamente en el Colegio de Bachilleres de la cabecera de la localidad y, una segunda actividad, en la comunidad de La Esperanza.

En el primer evento vamos a apoyar con 484 computadoras portátiles a alumnos del Cobay, de los telebachilleratos comunitarios de la región y a jóvenes que cursan sus estudios en la modalidad de Educación Media Superior a Distancia.

Con estos equipos llegamos a las 62 mil laptops entregadas en la actual administración. Una acción que permite a las familias ahorrarse el gasto diario de los cibercafés -entre $30 y $40 pesos- y, sobre todo, que ha ayudado a que los estudiantes permanezcan en las aulas y concluyan su nivel medio superior.

Sesenta y dos mil laptops se dice fácil, pero equivale a llenar cuatro veces el parque Kukulcán y dotar de una computadora a todos y cada uno de los aficionados. De ese tamaño es el compromiso del gobierno de Rolando Zapata Bello con la educación y con la formación de capital humano. Porque los jóvenes que actualmente reciben sus equipos, en unos años serán quienes aprovechen los empleos que ya están generando empresas internacionales, la reindustrialización de la entidad y la apuesta en las tecnologías de la información y la comunicación.

Así, me subo al coche para recorrer los 190 kilómetros que separan a Mérida de Chemax. Pongo algo de música para terminar de despertarme y la primera canción del playlist es “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, de Fito Páez. Una coincidencia afortunada, ya que la letra dice en una de sus estrofas: “Hablo de países y de esperanza / hablo por la vida, hablo por la nada / hablo de cambiar ésta, nuestra casa”. Y justamente íbamos a Chemax a cambiar la gran casa de todos nosotros, que es Yucatán.

Y es que hace 10 años, en La Esperanza, tres alumnos, Rosa, Carlos y Azael, obtuvieron algunos de los resultados más altos a nivel nacional en la prueba Enlace. Con el apoyo de Rodolfo, su instructor comunitario, pusieron en alto el nombre de Yucatán. La luz que encendieron sirvió para que, en ese entonces, funcionarios visitaran la localidad y entregaran algunos apoyos. No obstante, esa luz, poco a poco, se fue apagando y La Esperanza desapareció del mapa social, político y educativo en el Estado. No alimentamos esa llama, y pagamos el precio.

Así, vamos a esa comunidad a saldar una deuda pendiente. ¿Cómo lo haremos? Entregando becas y apoyos a esos tres jóvenes, al igual que a los alumnos que hoy en día cursan sus estudios, pintando la escuela, reparando la bomba de agua, llevando baterías para que tengan energía y computadoras para que estén más cerca de Yucatán y del mundo.

Vamos para que Rosa pueda retomar su formación y ser doctora; para que Carlos cumpla sus sueños de estudiar Agronomía; para que Azael cuente con el respaldo y continúe con su proyecto de vida; para que Rodolfo se titule y contribuya a que Yucatán se consolide como polo turístico.

En pocas palabras, vamos a enmendar un renglón que no terminamos de escribir correctamente. Y, sobre todo, vamos para que las historias de éxito y estudios truncos nunca más se repitan en Chemax y en todo Yucatán.

Voy a La Esperanza a llenarme de esperanza y ánimos de seguir trabajando por la educación.

¿Y saben qué? Ese objetivo se cumplió al 100 por ciento. Para mí, para el equipo de la Segey y los voluntarios que fueron, se comprometieron y emocionaron como yo.
Agradezco a MILENIO NOVEDADES el espacio para este texto, así como haber retomado unas historias de vida que no debieron haber quedado en el olvido por tanto tiempo. De eso se trata el buen periodismo, de abrirnos los ojos y motivarnos a cambiar las cosas.

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