21 de Julio de 2018

Opinión

El cuentista

Dentro de los recuerdos de vida, invito a pensar en aquellas historias que causaron impacto en nuestros primeros años conscientes.

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Dentro de los recuerdos de vida, invito a pensar en aquellas historias que causaron impacto en nuestros primeros años conscientes. Cierto es que la niñez, como nosotros y nuestros padres la conocimos, iba adornada con cuentos que nutrían la imaginación y llevaban el respeto de quien aprende historias para no repetir malos patrones de conducta. Lo sabíamos y ahora lo miramos con claridad: mediante los cuentos conocimos las enseñanzas morales y educativas sobre la manera de comportarnos, cuidar de nosotros, y ser buenos y obedientes. ¿Qué cuentos se cuentan ahora? ¿Quién porta la voz que narra historias para cautivar niños inquietos?

En El cuentista, del autor británico Hector Hugh Munro, nos sentimos niños de nuevo. Somos ese pequeño humano que ha caído bajo el encanto de un cuentista que poco tiene de convencional. Adelanto que la historia se desarrolla en el vagón de un tren que es ocupado solamente por cinco personas: tres niños y su tía, y un hombre ajeno a ellos.

El hombre mira cómo la tía carece de encanto infantil con sus sobrinos y resuelve que sus métodos para mantenerlos tranquilos y entretenidos son básicamente nulos. Las palabras que adornan el ambiente sonoro radican en “no hagas eso”, y en constantes respuestas de “¿por qué no?”. La paciencia es nula y esta inquietud llega hasta el hombre que observa inquisitivamente cómo la tía comienza un cuento con el cual se despiertan los disparos infantiles al aclamar que dicha historia es la más aburrida que han escuchado en sus vidas.

De momento, el hombre toma las riendas de la historia y despliega ante los niños una manera magistral de contar un cuento trágico y retratar la realidad. Tal es la habilidad del cuentista que las respuestas a las preguntas improbables de los niños satisfacen la curiosidad desorbitada para obtener el reconocimiento infantil sincero; les ha hablado de la vida y nosotros como lectores también hemos sabido escuchar. Que las bocas cuentistas sigan existiendo en espacios urbanos como una ayuda amable en caso de toparnos con las almas infantiles más hermosas: las inquietas.

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