11 de Diciembre de 2017

Opinión

Espejos materiales

El mapa y el territorio, novela corta de Michel Houellebecq, presenta retos para la sensibilidad.

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Invito a recordar todos aquellos instantes en los que hemos observado al otro. El otro, naturalmente, puede ser quien sea. Nuestro padre, nuestra madre, hermanos, amigos, novios, amantes, personas ajenas. Conocemos la complicidad que se desprende al observar las acciones de alguien, su cotidianidad y las muestras de carácter que tienen cuando día a día se relacionan con la vida. Sin duda se trata de un ejercicio privado, pues, cuando se observa, reforzamos la imagen de quienes tenemos enfrente; los vemos a través de todo lo que somos. En esta ocasión, nos toca descifrar.

Miramos a Jed Martin, un pintor que vive en París y que trabaja en dos obras específicamente tituladas, dando así un vistazo a cómo el artista ve las cosas. Sabemos que las posturas ante la vida se revelan en los espacios donde somos capaces de expresarnos.

La primera pintura alcanza los hilos que tejen la relación con su padre y la situación actual del último. Por otra parte, la segunda pintura retrata el camino alterno que Jed quiere seguir para mantener su prestigio: pintar gente famosa. Sin embargo, y advierto el posible engaño, la relación más importante en la historia es la de Jed y su caldera averiada. Ni el padre retirado, ni los artistas famosos pueden opacar la frustración personal y existencial que tiene nuestro personaje al pasar frío. Entonces comienzan los desconciertos.

El mapa y el territorio (2010), novela corta del francés Michel Houellebecq, presenta retos para la sensibilidad porque la historia no llega hasta nuestras emociones; más bien nos hace guiños para recordar todas aquellas veces en las que hemos estado frustrados ante la ruptura o descomposición de algo. Si miramos atentamente, el mapa de la vida de Jed lo forman su padre y sus pinturas; ¿por qué, entonces, todo gira alrededor de la impotencia de un calefactor inservible?
Lo absurdo está muy cerca de hablarnos al oído para decirnos dulcemente que quizá nosotros también estamos dedicando la existencia a las cosas, que nuestros mapas han sufrido nuevos trazos hacia lo que no se siente; lo material.

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