15 de Diciembre de 2017

Opinión

Un día resbaladizo

El escritor español Carlos Castán, en su cuento Un día resbaladizo, aborda esos primeros momentos del duelo.

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Hablar de pérdidas supone hablar de dolor; ese golpe que absolutamente todos hemos sentido en algún punto específico. La muerte de los padres, de los abuelos o de los hijos. Constantemente pienso en la delicadeza de los primeros momentos, la primera verbalización de una noticia, el instante exacto en el que nuestra vida se parte: hemos perdido a alguien.

El escritor español Carlos Castán, en su cuento Un día resbaladizo, aborda esos primeros momentos del duelo, instantes en los que la frescura de la pérdida permanece en el cuerpo de quien la vive. Llevamos detrás de la oreja todas aquellas palabras que se dicen para confortar; que le demos tiempo al tiempo, que día a día dolerá menos, que tan sólo tenemos que pasar el primer año y de ahí en adelante aprendemos a vivir en ausencias. ¿Dónde se encuentran las palabras para quienes se enfrentan con una cotidianidad cruda que no distingue de pérdidas? Sabemos que la vida sigue.

Dentro de la historia, una pareja joven va caminando en una tarde de otoño, el ambiente traía aires de llovizna previa, por lo que la acera resultaba resbaladiza. Los párrafos se pueden tomar como escenas; entonces vemos al hombre haciendo un esfuerzo que sobrepasaba su sanidad: trata de distraer a su esposa para que no vea a la niña que va caminando de la mano de sus padres en la acera de enfrente. Sabía que el golpe sería demasiado fuerte, que no podría soportar mirarla porque la falda que tenía puesta y las coletas del cabello le traerían una ola de recuerdos dolorosos; la promesa de volver a sentir lo que hace dos jueves vivieron; todo era tan reciente.

Sucedió. La niña cruza la calle, un camión frena y resbala, la mujer grita por su hija ajena, la gente mira, no entiende; los padres reales parecen comprender. ¿A dónde se dirigen los intentos por proteger al otro? La cotidianidad desconoce los dolores que se llevan en el alma, la verdadera fuerza para sobrellevar las pérdidas se traduce, en el cuento, en la resignación.

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