18 de Diciembre de 2017

Opinión

Urbanidades compartidas

El transporte público puede convertirse en algo mágico ¿cómo? Un pasajero desconocido nos lo cuenta

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Movernos entre las calles de la ciudad es caminar por las venas que conforman un corazón latiente. Escogemos el transporte que mejor nos acomode, o quizás el que mejor se adecue a nuestras circunstancias. Tomemos el transporte urbano como ejemplo; dejando de lado todas aquellas pésimas acepciones con las que solemos nombrarlo, no porque carezcan de importancia o sean falsas, sino porque aquí sucede algo mágico.

En Mi asiento en el tranvía, el autor español Daniel Sueiro se toma la cotidianidad de viajar a través de la ciudad con aire de relevancia incomparable. El personaje principal, cuyo nombre desconocemos, alega disfrutar viajar en el tranvía cuando la calma del cuerpo parece regresar a su lugar porque la jornada laboral ha terminado.

Detalla los olores y colores de la hora de ida y de regreso, el alivio aparente de no tener que lidiar con la gente ni mirarlos a los ojos porque la cordialidad vive en siglos pasados.

Siempre encontraremos factores que rompan con nuestra dinámica cotidiana especial. Para nuestro personaje, éstos son las miradas reprobatorias por parte de los demás pasajeros que comienzan a disparar oraciones de reproche a los vidrios del tranvía, pues el hombre no ha querido ceder su asiento. ¿Por qué habría de cederlo? Dar a otro los momentos favoritos del día es darse sin estar seguro de recibir algo a cambio; la etiqueta urbana también nos resulta cuestionable desde este lado del mundo. Hay presión, pero no se quiebra.

Sucede. Si en algún momento experimentamos aires de enojo, el personaje se encargará de hacernos sentir lo contrario, tintes de vergüenza. Llega el punto de su bajada y con dificultad motriz se levanta del asiento para tambalearse a través de los pasillos y finalmente cojear hasta la salida, un silencio recorre el vagón que va lleno de la gente que lo juzgó maleducado, desconsiderado. La pena llega hasta nosotros. En un momento regresamos a nuestro semblante normal, con el movimiento lejano del tranvía, observamos a un hombre bailar y mofarse de nosotros con la habilidad de un cuerpo sano. Cotidianidad.

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