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Tuve un maestro de Preceptiva Literaria, que incluye el arte de construir versos, quien nos decía que si alguien quiere ser poeta de verso libre primero debe hacer un soneto y ya luego echar a perder lo que quisiera.

En el fondo, nos enseñaba que para innovar primero hay que conocer lo que se ha hecho antes y sobre ello avanzar. Esto lo traigo a presente porque algunas personas me han dicho que no siga con mis pretensiones de evitar que se tergiverse la celebración de las ánimas y se mezcle con espectáculos de caras pintadas.

Como soy terco, no les voy a hacer caso y seguiré insistiendo (si don Milo López no ha claudicado aún, con el apoyo de este nojoch mak) en que el culto a los muertos como lo concibieron los mayas forma parte importante de esta cultura de la que hoy día tanto nos enorgullecemos.

Para los mayas los difuntos no eran calaveras ni esqueletos, sino seres que vivían en otra dimensión y que cada año –en un lapso que comenzaba en agosto y tenía relación con el ciclo agrícola-, regresaban a la tierra para convivir con sus familiares que los recibían con alimentos.

Esta concepción se mezcló con las festividades cristianas de Todos los Santos (que es el 1 de noviembre y data del siglo IV) y de los Fieles Difuntos (día 2, iniciada por San Odilón, Abad de Cluny, en el siglo XI con la finalidad de orar por los cristianos que estaban en el purgatorio).

De este sincretismo surge lo que hoy se celebra en el mundo cristiano con sus respectivas variantes y particularidades y que en Yucatán se conoce como janal pixán: el 31 de octubre, los niños o mejen pixano’ob; el 1 de noviembre, los grandes o nojoch pixano’ob, y el 2, de todos los difuntos.

Hoy día, estas celebraciones aderezadas con paseos de las ánimas (que incluyen disfraces y caras pintadas) cada vez se vuelven más mero show. El paseo de las ánimas es una costumbre que comienza en el siglo XVIII en México y que no incluía gente disfrazada.

Una de las más conocidas era la que se hacía en el mercado de El Parián en la capital. En el derrotero se instalaban puestos con calaveras de dulce y artesanías de esqueletos.

Mi insistencia en señalar esto es tratar que las fiestas para quienes viven en el más allá y vienen a visitarnos se entiendan y celebren en su contexto cultural –la muestra de altares, que es tradición en la Plaza Grande, ha sido un remanso de verdad en medio del espectáculo, porque ahí se ven las costumbres vivas en el pueblo yucateco- y que no necesitamos hacer malas copias de barbaridades que se cometen en otros lares.

Los difuntos les van a jalar las patas.

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