26 de Septiembre de 2018

Opinión

Mil maneras de matar

En una ocasión, San Felipe Neri escuchó en confesión a una mujer que declaró haber hablado mal de algunas personas...

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En una ocasión, San Felipe Neri escuchó en confesión a una mujer que declaró haber hablado mal de algunas personas; el santo la absolvió de sus pecados y como penitencia le pidió que fuera a su casa, tomara una gallina y la fuera desplumando por el camino de regreso esparciendo las plumas por la calle y se presentara de nuevo frente a él. La mujer cumplió con la extraña penitencia y al encontrarse frente al santo éste le dijo que regresara por el mismo camino y recogiera todas las plumas que había arrojado; la mujer lo miró consternada y le explicó que aquello era imposible; el santo le dijo que de la misma forma es imposible detener las murmuraciones y calumnias una vez que han salido de nuestra boca.

Creemos que para matar a alguien es necesaria una pistola o tal vez un puñal, pero definitivamente hay otras formas mucho más sutiles pero no menos perversas y malignas de hacerlo. La palabra es una de ellas. Como en el ejemplo del santo, hoy mismo se están dando situaciones semejantes, palabras que nos van robando la vida, la alegría y la dignidad de ser humanos.

Muy de cerca supe del caso de un padre de familia que en una reunión con amigos escuchaba cómo su orgulloso anfitrión hablaba de todo lo bueno que sus hijos estaban realizando en el deporte y sus estudios; con sus pequeños entre doce y seis años frente a él se dirigió a su esposa diciendo: “Ya lo ves negra, sólo a nosotros nos tocaron los pendejos”. Sus hijos avergonzados bajaron la mirada, muchos años después lo recordaban todo; palabra tras palabra, repetida día tras día y año tras año, marcaron de manera tal a ese grupo de hermanos que con el tiempo muchos perdieron buena parte de su autoestima y dudaban de ellos mismos casi siempre.

Un compañero maestro aseguraba que antes de fijarse en los defectos de sus alumnos se empeñaba en encontrar sus virtudes, día a día les hacía saber con frases dirigidas especialmente a cada uno lo valioso que en ellos encontraba; afirmaba que para poder llevar hacia a adelante a su grupo, para lograr que aprendieran, que al salir del salón de clase el último día del año fueran mejores seres humanos que el primer día, era indispensable trabajar en sus fortalezas, construir sobre la roca firme de sus virtudes y no pretender levantar un edificio sobre el pantano de sus defectos. He de decir que ha sido uno de los maestros más queridos y exitosos que he conocido y sus alumnos destacaban siempre por el desempeño en su materia.

Nuestras palabras son determinantes en la historia de la vida de quienes nos rodean, con nuestra boca podemos redimir o condenar, con la boca es posible elevar a alguien por sobre sus defectos o hundirlo en el infierno de sus miserias; la palabra salva o condena y es una gran responsabilidad usarla porque nunca llegaremos a saber todo el bien que puede generar en el futuro de alguien un elogio verdadero, y tampoco llegaremos a saber cómo una burla mordaz o una verdad avinagrada dicha sin piedad y con más intención de dañar que de ayudar puede llegar a marcar con la miseria a una vida humana.

Pero no sólo podemos asesinar con la palabra, la mirada puede llegar a ser un instrumento de tortura, un instrumento de muerte. En un tiempo ya lejano escuché la historia de un joven europeo que durante años soportó las miradas burlonas de la gente de su pueblo; habiendo nacido con una joroba, su apariencia generaba, en algunos curiosidad, en otros asco y repugnancia y en general una condena con la mirada sea por el cargo que fuere; las miradas torturaban su espíritu, mes tras mes, primavera tras primavera, años tras año y la pesadez de su vida y el tormento de las filosas miradas acabaron por derrumbarle.

Un día decidió hacerse de un gran frasco de pastillas y antes de tomarlas todas para caer en un sueño del que nunca despertaría decidió dirigirse al hospital del pueblo y ahí donó sus córneas para que alguien a través de ellas recuperara el don de la vista. Seguramente esperaba que sirvieran para contemplar las maravillas del mundo y quien las recibiera contemplara con bondad a aquellos que como él vivían recibiendo la desaprobación de los demás. Su última llamada antes de tomar las pastillas fue al hospital del pueblo para informar que sus córneas estaban ya disponibles.

Hay miles de maneras de matar y miles de maneras de dar vida ¿Cuáles son las que vamos a elegir?

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