20 de Octubre de 2018

Opinión

Revelar sin miedo el interior

“Tus alumnos no deben saber ni siquiera que comiste hoy”

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Trabajando como maestro me enteré del caso de un colega que, además de enseñar a sus alumnos, platicaba con ellos, les hablaba de los distintos problemas que había atravesado en su vida y cómo había luchado por resolverlos, les contaba de sus dolores y esperanzas, de sus alegrías y sus tristezas, de aquello que la vida le había enseñado con el tiempo. Un día la directora de la escuela, una psicóloga por cierto, lo llamó y le pidió que se abstuviera de tener este tipo de pláticas con sus alumnos; de manera literal le dijo: “Tus alumnos no deben saber ni siquiera que comiste hoy” y le solicitó que se limitara a enseñar su materia.

El maestro comentaba que en una ocasión, al terminar una clase, mientras borraba el pizarrón uno de sus alumnos se le acercó y le dijo: “Maestro me siento muy mal”, a lo que él respondió: “¿Y ya tomaste algo para el malestar”; el alumno se encontraba a sus espaldas y lo oyó exclamar: “No me siento mal de eso”. El maestro dejó de borrar y le dirigió la mirada, en ese instante el muchachito comenzó a llorar de manera descontrolada y entre balbuceos le dijo que había oído a sus papás discutir en la noche porque su papá tenía aparentemente otra mujer; después de la discusión el papá se había ido de la casa, el maestro abrazó al joven y procuró retirarlo de la vista de sus compañeros.
Estando aparte, le dijo que él siendo joven había tenido que pasar por lo mismo, que le había sido muy duro y que había tenido días de mucha tristeza y llanto, pero con el tiempo las cosas se habían arreglado en su casa. Abrazándolo lo retiró del salón de clase, le pidió que se calmara y que luego regresara al salón, que él le avisaría al siguiente maestro para que lo dejara entrar. Días después el alumno se dirigió a él y con alegría le dijo que su papá había regresado a casa, que sus padres estaban platicando mucho y habían decidido ir a terapia; el maestro lo escuchó con alegría y al salir del salón el alumno se despidió de él con un fuerte abrazo.

El recordar esta historia, me ha puesto a pensar en que los seres humanos ahora tendemos a hablar de todo menos de lo esencial, comentamos de deportes, la economía o los últimos atentados terroristas; hablamos de lo externo a nuestro ser, incluso de cosas como el automóvil, la ropa o el celular, pero rara vez, muy rara, comunicamos lo que creemos, aquello que alimenta a nuestra alma, aquello que nos da esperanza, todo ese mundo interno que nos define como seres humanos, y lo hacemos así porque en nuestros días es casi una vergüenza revelarnos como somos, pareciera que mostrar nuestra esencia fuera algo casi impúdico y vergonzoso.

El ser humano ahora comunica cosas, pero no se comunica, no transmite su interior, no habla del significado de su vida, de sus creencias, de lo que para él es la vida y la muerte; anestesia el alma, adormece su interior, se entierra a sí mismo en una avalancha de situaciones y cosas ajenas a su esencia, pero de las que todo el mundo habla. En buena parte esto sucede por algo llamado opinión: es la opinión de la mayoría la que nos paraliza y evita que hablemos de nosotros y acabamos hablando de las cosas; tenemos en muchas ocasiones vergüenza del qué dirán, nadie quiere ser el raro que habla de sus sentimientos o sus anhelos, nadie quiere realmente ser visto como distinto o como rebelde y así nos vamos alineando a lo establecido.

Hay un peligro en todo ello: lo que no se convive en la vida diaria se va muriendo, vamos relativizando nuestras esperanzas hasta que dejan de ser valiosas, le vamos restando importancia a lo esencial y la esencia comienza a desaparecer en nosotros; lo primordial se vuelve secundario y el alma se te llena de economía, accidentes o deportes y cada vez menos de esperanzas, creencias e ideales; nos vamos alienando, nos vamos cosificando y nos vamos deshumanizando, privilegiando la información sobre la formación y el desarrollo humano.
Esta cobardía ante el qué dirán debe ser combatida, atreviéndonos a ser diferentes, auténticos y mostrándonos como realmente somos, entendiendo que en este sano revelarse como humanos encontraremos nuestro crecimiento y contribuiremos al crecimiento de quienes nos rodean. Hagámoslo hoy, hagámoslo ahora, antes de que una despistada psicóloga directora de secundaria nos venga a decir que nos concentremos en otras cosas y no perdamos nuestro tiempo en temas tan poco importantes como compartir nuestras mutuas esencias.

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